Yo en los volcanes

Pacaya first

Me puse a buscar y encontré esta foto. Nacho y yo posamos con nuestro guía, de fondo el Pacayá. Andamos mucho, llegamos a la cima y no vimos nada. Fue una experiencia más en nuestro deambular por centroamérica. Málditas nubes que no nos dejaron ver la lava. Tomamos la decisión de subir un par de días antes, porque vimos la publicidad en una agencia. Ni Google, ni Booking, ni nada. Por no saber, no sabíamos nada sobre las barritas energéticas, ni de la “ropa técnica”. Eran otros tiempos. Había otras modas. A ver si localizo la foto turística en el Teide y cierro la triada.

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La primera mano que sostuvo la mía. Maggie O’Farrell

No la he terminado. Me la dejaron en un tren y disfruté como un enano. Pero no me dio tiempo, no quisé terminarla. Maggie O’Farrel escribe asquerosamente bien. Ya nos deslumbró en Tiene que ser aquí, aunque en esa ocasión la historia se fue desinflando en los capítulos finales. De momento lo que he leido de esta novela  no tiene pinta de venirse abajo, al revés parece que guarda alguna que otra sorpresa. No suelo hablar de ningún libro hasta que no lo acabo. Pero me encanta romper mis estúpidas propias reglas.

Su hijo. Todavía tiene que acostumbrarse a estas palabras. Ted quiere que tenga un trineo y refugios y ferias y hogueras que provoquen incendios sin querer. Lo llevará al zoo y no mirará el reloj ni una sola vez. Aprenderá a hacer tarta Tatin y se la hará una vez a la semana, o todos los días, si quiere. Este niño no tendrá que retirarse una hora a su habitación después de las comidas para “reposar un poco”. A él no lo llevará a comprar zapatos para el colegio ni a ver momias egipcias en vitrinas de cristal ninguna adolescente con un conocimiento superficial del inglés. No tendrá que pasar las tardes él solo en un jardín helado. Tendrá calefacción centra en su habitación. No lo llevarán a cortarse el pelo una vez al mes. Tendrá permiso par quitarse los zapatos en la arena del parque, incluso lo animará a que se descalce. Podrá poner los adornos de colores que más le gusten en el árbol de Navidad.

Tamborilea con los dedos en el brazo del sofá. Le gustaría levantarse. Le gustaría escribir estas cosas. Le gustaría acercarse a su hijo dormido y decírselas, como a modo de compromiso. Pero no puedo molestar a Elina. Coge el mando a distancia y cambia de canal hasta que encuentra un partido de fútbol del que no se acordaba.

Pablo cariño

Un niño llora al otro lado de la pared. Se lama Pablo. Hace días que su llanto rabioso no entraba apaciguado en mi casa. Solía hacerlo a primera hora de la mañana, sin consuelo. Suele ser al despertarme cuando comienzo a oirle. ¿O es al oírle cuando me despierto?. Hoy es de noche pero Pablo llora. Pablo cariño ¿qué es lo que te angustia? podría decirle a través de estas paredes que tan a penas separan. Pero creo que no serviría de nada. Como de nada le sirven las canciones que a veces le cantan. Ni las palabras melosas que lo acunan, Pablo cariño no llores. Pero Pablo llora y llora. El llanto de Pablo no cesa hasta que se le apaga la garganta.

Ahora es el teléfono de la otra vecina el que suena. Ecucho a través del muro un ilusionado ¡Hola mi vida!. Me pregunto si será ese hijo que vive en Madrid del que me habló el otro día. Y me pregunto también si lloró tanto de pequeño, como lo hace Pablo ahora.

Con toda mi admiración a quien lucha

Hoy es el día del trabajador y me pilla con cien cosas por hacer. Me encierro en casa para intentar quitarme al menos tres de encima. En mi lista de propositos, para llegar al 2020 con algo de salud mental, está el de comprometerme menos y hacer más. Puede parecer una contradicción pero si eres de los mios sabrás de lo que hablo.

Han pasado últimamente muchas cosas y a veces el mundo real parece una película, a veces dudo si una de autor en las que aparentemente no pasa nada o un taquillazo en el que los guionistas idean los giros más imposibles para dejar al espectador boquiabierto. La dimisión de Cifuentes nos hubiera costado mucho tragárnosla en cualquiera de ambas. Unas cremas. La puñalada no se quién se la ha dado pero ha sido de lo más trapero que hemos visto últimamente en las altas esferas. De todas formas uno de los efectos secundarios que deja es el desprestigio de la Universidad como institución y mira a mi ese, casí que me alegra. Yo que estoy sufriendo este año los rigores de un master diseñado sólo para “sacar perras”, lo tengo claro. Resulta que cuando los hijos de los obreros comezamos a tener títulos universitarios, no era suficiente (nunca es suficiente), tenías que tener un master y además no te vale cualquiera. ¡Hala otra vez al furgón de cola! otra vez a ver como los puestos de decisión los copan los de siempre. Porque se han preparado para ello, porque saben cosas que nosotros ni siquiera podemos comprender, porque se han esforzado y se lo merecen. Dentro carcajadas.

Catalunya a su marcha. Con tantos errores y tanto sufrimiento, que merecerían entrada propia. Pero aunque el amarillo ha sido y será mi color favorito, me puede la pereza y el no poder aportar luz a la ciénaga. Y luego tenemos a la gente en las calles pidiendo justicia. Todo mi respeto y mi admiración a los que toman la calle. A quienes abandonan el sofá y el Twitter para levantar cualquier pancarta. La sentencia de la manada nos descubre un código penal y una judicatura desconectada de la sensibilidad mayoritaria de la sociedad. Y no sólo eso, nos descubre a una sociedad que durante mucho tiempo ha convivido con un machismo aceptado, normalizado e incluso celebrado. Algo tendrá que cambiar. Eso esta claro, aunque no sé si es buena idea hacerlo  “en caliente”, que aquí sólo son los políticos/as oportunistas los que sacan tajada. Ya pasó con la derogación de la prisión perpetua revisable. No son equiparables pero tienen puntos en común. De ese tema el debate me parecía algo increible, resulta que estamos en un país en el que el número de delitos desciende y que tenemos unas tasas de criminalidad bajas, sin embargo… se pedía un endurecimiento de las penas. ¿Creemos en la carcel como rehabilitadora? o es un castigo y separación de la sociedad de por vida. Me da que el tratamiento mediático de algunos casos hacen que la rabia popular se desborde buscando la venganza social (y los beneficios electorales a corto plazo). Así no se desarrolla el estado de derecho, ni avanzamos como sociedad. Presión en la calle sí, pero en las urnas también, que quien legisle sea quien tenga conocimientos, un proyecto claro, fundamentado y no el más voceras.
Power to the people

Y nada  más. Bueno sí que quiero ponerme a escribir, pero no encuentro el momento. Por ahora sólo tengo cuatro ideas vagas de botellón en mi cabeza, eso y el título. Me lo regalaron en un grupo de WhatsApp, la vida, la nuestra, también va marchando a su manera. Quédate con esta cabecera: El petting en griego se llama jamáurema.

Stromboli

Se había convertido en nuestro destino maldito y ya pensábamos que nunca pisaríamos ese crater. Casi nos habíamos resignado a no poder seguir las huellas de las alpargatas de Ingrid Bergman camino de esa cima tan misteriosa. A veces no se puede tener todo. Parecía que habíamos aceptado nuestro destino, pero no, había final feliz. Acordamos unas fechas, luego otras, cruzamos los dedos, cerramos los ojos, cogimos un bus, un avión, un tren, un barco y nos plantamos en la isla, dispuestos a encontrar la puerta al centro de la tierra. Nos os voy a contar nada más. Teneis que ir. Nosotros no hicimos grandes fotos, ni grabamos vídeos espectáculares, pero oimos rugir a la tierra, vimos un atardecer películero con un bocata de mortadela en la mano y después llego una noche llena de cohetes naranjas. Para rematar descendimos felices, cansados y con mascarilla. ¿Y ahora qué? nos preguntábamos al día siguiente cuando el barco nos alejaba de la isla. Estamos sin objetivos. A veces el vacío es peligroso. Pero esta vez no, ¡que se jodan las de mi pueblo!. No estábamos tristes. Nos pusimos a jugar a eso de adivinar palabras y se notaba en el ambiente que estábamos felices. Tanto como si hubiesemos estado en la inauguración de la cafetería de la estación de tren de Milazzo. ¡Risotto!. Vamos a repensarnos.

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Cáscara de nuez. Ian McEwan

Tengo un improvisado club de lectura con la madre de mi amiga Isabel y un amigo suyo, al que no conozco pero que amablemente realiza crónicas y puntua los libros que se le presta. En nuestro club se adorá al señor McEwan y esta semana le he hincado el diente a su último libro, uno con portada fea y título poco atrayante (aunque Shakesperiano).

Hay un plan para realizar un asesinato, hay catas de vino, lecturas de poesía y abundantes reflexiones sobre la condición humana, el amor y la falsedad. No tiene la consistencia de Expiación, pero el tono me ha recordado a alguno de los relatos de Primer amor, últimos ritos. Ágil, lúcido y salpicado de humor británico, porque sí, resulta que los británicos tienen humor. Ahora vamos a seguir con la generación Granta y le hincaremos el diente al Nobel Ishiguro, así que próximamente, más.

La libertad de expresión ya no es libertad, la democracia liberal ya no es el puerto de destino obvio, los robots roban puestos de trabajo, la libertad en un estrecho combate con la seguridad, el socialismo caído en desgracia, el capitalismo corrupto, destructivo y caido en desgracia, sin alternativas a la vista. En conclusión, decía la experta, estos desastre son el fruto de nuestra naturaleza doble. Inteligente e infantil. Hemos construido un mundo demasiado complejo y peligroso para que lo gestione nuestra naturaleza pendenciera. En tal estado de desesperanza, el voto mayoritario irá a parar a lo sobrenatural. Es el crepúsculo de la segunda Era de la Razón. Éramos maravillosos pero ahora estamos condenados.