A lo Manuel Vilas

Te cruzas en mi camino con tu coche rojo y me sacas del sopor que da salir del trabajo sin tener ningún bar favorito en el que quemar la tarde. Entrabas por la carretera de Barbastro. He visto tus rizos, tus gafas y a un chico de copiloto. He pensado en el amor, en las pozas y en el verano. En ese orden. El semáforo hace de las suyas y no he podido resistirme a contártelo vía “esemese”. Ni cinco segundos. Me llamas y dices que estabas rompiendo, que llevabais casi un mes, todo parecía ir bien pero que hoy es uno de esos días en los en que no entiendes nada. A mí solo se me ocurren cosas estúpidas que decirte, intento animarte pero todo queda en un patético discurso sobre mi convencimiento de que las cosas tienen una extraña lógica, la de no tenerla. Nos despedimos deseándonos lo mejor y renovamos nuestro deseo de vernos un día de estos. Arrastro una extraña sensación de derrota por el pasillo central del Lidl mientras sopeso la posibilidad de comprarme un bañador negro prieto.

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