Dos libros de muerte

Me los terminé en la misma semana. En ninguno de los dos la muerte es una sorpresa. Se anuncia desde la primera página, no, no, mucho antes desde que acaricias el lomo en la librería. Dos libros, dos muertes, muy distintas eso sí.
Amarillo deambula entre el recuerdo, la culpa y la reconstrucción de una vida, que se consumió pronto. O tarde, quién sabe. Porque como el autor se encarga de recordarnos a lo largo del libro, esto no es una biografía. El suicidio hace 15 años de un amigo del autor es el pistoletazo de salida a este álbum de recuerdos, uno de esos que todos tenemos encima del armario, así que sopla el polvo de las cubiertas y abre sus páginas para descubrir esta acumulación de cartas, recortes de periódico y notas autografiadas. Romeo salvo algunos párrafos monótonos y reiterativos parece sincero en su deseo de ventilar ciertos rincones enmohecidos de su memoria. Hay cierto “malditismo”, cierta nostalgia, pero también algo de ternura. Me recuerda mucho a El Angel Simón cancioncilla de Nacho Vegas (al que pronto le dedicaremos un post-conjunto). Yo al leerlo no he podido evitar acordarme de algunos viejos amigos y escarbar un poco más profundo en las trampas de la memoria.
El olvido que seremos es harina de otro costal. El autor nos habla de su padre, un médico colombiano que vivió (y murió), por defender sus ideas, la justicia y la igualdad social. Casi ná. En el fondo, el libro recorre la historia reciente de Colombia, por allí pasan gobiernos corruptos, universidades revolucionarias, una clase acomodada que se ven entre el dilema de mirar a otro lado o involucrarse y perder sus privilegios, los paramilitares, la coacción, el miedo, la esperanza… Un hijo hablando de un padre maravilloso desde sus primeros recuerdos de la infancia puede parecer un pastelón, pero no lo es gracias a algunas aristas que el hijo, afortunadamente, deja entrever. Y nada más, que os lo leáis y después hablamos. Aunque que nadie sienta complejo si su padre no se encerraba a escuchar música clásica cuando tenía el día torcido ni pasaba sus ratos libres cuidando con desvelo un pequeño jardín de rosas.
Yo desde el día que me los leí tengo un poco el síndrome de mirarlotodoconotrosojos, los síntomas son variados, pero básicamente serían, ir por la calle saludando incluso a gente que no conoces, tener muy presente que sonreír es gratis, fluir (bueno, intentarlo), no venir a cuento y contarlo, abandonar el centro del mundo, escuchar más. etcétera. Y así me va que entro en las tiendas, salgo de los bares, paso por los bancos, corro frente a las catedrales, termino en una librería y compro a ciegas un libro solo por su portada. Al llegar a casa me tiro en la cama y leo (no sin asombro), que es la historia de un niño enfermo. Continuará.
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