(Sin título aparente)

Ayer era nueve del nueve del nueve y un “iluminado” intento secuestrar un avión en México con tres latas de zumo rellenas de tierra y una lucecita de colores atada. El mundo necesita héroes. Los políticos necesitan crisis para pone en marcha sus descabelladas ideas. Él no es político pero ha estado en muchos sitios la última semana. Ha vuelto y todo había cambiado. Nada.

El aparcamiento de la UNED era una fiesta. O una peña, pensaba él, mientras deambula por la ciudad sorteando carrozas a todas caras. Llevaba la cabeza repleta de varianzas, deciles, medianas y moda. El silencio del examen se rompió por el estallido de la fiesta, la juventud borracha de mañana paseaba despreocupada en carros de la compra con sus inevitables uniformes de pañoleta. Él muerde el boli pensativo, se niega a tocar la calculadora, recuerda que hace unos días una “picaraza” se estrello contra el cristal de su coche, sigue sin tener un decodificador de señales. Por si acaso hoy lleva dos piedras en el bolsillo. Se levanta y entrega. Después solo le queda la playa. Carreteras secundarias, nucleares, gasolineras de Bon Área, GPS que despista y el mar. Baño en playa. Él intenta llegar con sus últimas fuerzas a la casa de los novios. Le pica la sal en el cuerpo. Aparca respira hondo, entra. Buena música, muchos comics, toque hindú familiar, orden, complementos y un piano que después de algún que otro ruego, suena. Escucha con fastidio el sonido de las obras nocturnas de asfaltado desde el sofá, todos se han ido a intentar dormir, han dejado en el ambiente un suave perfume de nervios contenidos y un toque de esperanza. De repente la luz. Intenta mojar el donuts de chocolate en el café sin armar demasiado estrépito, pero un fracaso tras otro le llevan a la ducha. Afuera la calle espera. Otro examen. Tortosa. La fiesta que le persigue, las manifestaciones del medio rural y toda esa gente con sus trajes regionales, amenazando por el retrovisor mientras él se aleja por la autopista. Y todo el camino, aquella extraña canción, bara, bam, bam, bam. En la boda se siente novia, puede ver con sus ojos, estar dentro de su cabeza. No se asusta porque ya fue novia en la fila de embarque de un aeropuerto cualquiera. Después un desfile interminable de comida, baile, ramo, playa, sueño, centollos y gambas. Y él que se pierde, que quiere ser otoño, gris plomizo, fina lluvia. Pasa por delante de un cartel que le esboza una sonrisa, los planetas volverán en octubre y cuando toquen su canción, en su interior por unos instantes algo se iluminará, aunque solo sea una mísera lata de zumo, rellena de tierra.
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