Hay un amigo en mí.

Volvíamos de pasar unas horas en el paraíso. Íbamos cantando a grito pelao eso de “tu debes de ser el Sebastiá” cuando de repente señalaste a una nube y me contaste algo cuasi fantástico sobre “los dos soles”. Yo nunca lo había visto antes. O si lo había visto nunca le había hecho caso. Dijiste que es un símbolo de buena suerte y yo pensé que mi verdadera suerte era tenerte al lado. En ese instante me he acordado cuando unos momentos antes habías puesto cara extraña al no nombrarte en una estúpida lista de responsabilidades que estaba pensando asignar próximamente. No te había nombrado porque no he inventado todavía ningún cargo a tu altura. Por todo. Porque estas cerquita, ahora y en los últimos años, anda que no nos hemos reído y aburrido juntos. De llorar mejor no hablamos. No sé, tengo la certeza de que eres como Woody, ese amigo que todos queremos tener y que nunca te decepciona. Y aunque sea unos días después y por este frío medio me apetecía decirte cuanto, cuantísimo te quiero.

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