Susana Sumelzo

Susana Sumelzo no te conozco y ya te quiero. Aún con tus pintas de pija de mi barrio. Y ahora que lo mentas, hay un charco de pis siempre en las escaleras antes de mi portal. Todos los días un río que no busca mar sobre las baldosas desalineadas. Tristes perros marcando sus tristes terrenos. Levanto la vista y veo esta fachada inacabable, marrón, rojiza, con manchas pardas que parecen escurrir de la venta. De todas las ventanas. Adivino siluetas de los inquilinos tras las cortinas. Siluetas de perdedores. Perdedores, somos unos perdedores. Una nada, esa gotera que cae, no siempre, en una habitación vacía. De un piso vacío. De un bloque habitado por perdedores, entre pisos vacíos. De los que bajamos silenciosos a comprar el pan. El más barato. Ese congelado que tienes que comer en cinco minutos. Que ridículo, precisamente cuando lo que sobra es el tiempo. Hemos perdido. No estamos hundidos. En la calle un anciano que se agarraba a su andador con la misma fuerza que un camionero sujeta la jarra de cerveza un verano a las siete de la tarde en el área de descanso de Rausán, me preguntó que día era. Silencio. No sabía si quería la fecha o el día de la semana. Silencio. Martes dije. Me sonrió y se giro hacía la abuela que estaba unos paso por delante nuestro, ves como no era sábado. Ella se deja regañar con cariño. Y busca mi mirada cómplice. Pienso en Susana Sumelzo. En que no le votaré nunca.

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