Es jueves

Ojeo con la psicóloga un Hola que estaba arrinconado en el mostrador de la cafetería. Estamos en la prisión de Zuera. Hablamos del modelito que lleva Carolina de Mónaco en no sé que gala benéfica. Vamos, lo normal. Pedimos unos cafés y fijamos la mirada en el matrimonio mayor que está esperando que se abra la puerta para entrar a las comunicaciones. Tienen más de setenta años y miran las baldosas que tienen en frente con el mismo interés que miró Champollion por primera vez la piedra Rosetta. Hay un chico con unas Nike rojas y negras sentado en una silla junto a la puerta de los baños. Una chica de las de coleta alta, pasa por delante nuestro con una bolsa de rafia, llena de ropa y se acerca al mostrador de admisión para que la revisen. Gira la cabeza repentinamente y al encontrarse nuestra mirada nos sonríe levemente. Aparto la mirada y digo en voz baja, lo normal. El camarero aparece de la cocina con un plato con tres churros y lo deja frente a nuestras tazas de café ya vacías. Dos señores sentados en las banquetas a nuestra izquierda completan el cuadro resignado de este momento irrepetible. Hablo sobre mi resfriado, sobre mi móvil que ha empezado a hacer tonterías y repaso todas las cosas que me quedan hoy por hacer. Mañana serán más. Juntamos el dinero que llevamos en los bolsillos y pedimos la cuenta. Afortunadamente nos llega para pagar.

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