Cumpleaños al fin y al cabo

Ya está. Ya he terminado de cumplir años. Iré bebiéndome las cervezas que sobraron durante los próximos seis meses y pensando en el peso del tiempo, la madurez y todas esas mierdas. Pero ya puedo hacer balance de los regalos que me han caído. No hay que llegar primero pero hay que saber llegar. Así como te lo canto. Así que ahora tengo un reloj de pulsera difícil de combinar con mi colección de camisetas, una crema y un contorno de ojos antiedad de los buenos, otras cremas naturales, gayumbos pichis, un cuadro, cuadrado y original de un pintor que me gusta, los sellos de Bowie, un juego café de cerámica de Muel, que era un regalo que tenía prometido para mi boda pero que sabiamente se ha adelantado y unos cuantos libros, Madoz (inmenso), G. Iribaren, el Hematocrítico, Lamaitre, Julian Barnes… seguro que me dejo algo. Siempre hay que dejarse algo. Una ilusión.

Lanaja junio

Dudar

He tardado casi un año en comprar un bote metálico para guardar el café. Ayer por fin lo hice, es de Bob Esponja. El otro día alguien decía de mi que pienso todo demasiado pero suelo acertar. Yo, no estoy tan seguro.

El día que Susana Diaz perdió las elecciones (primarias)

Había tomado vermú en Huesca, limpiado las baldosas del baño, conocido a una pequeña nueva “miembra” del clan, visitado un taller clandestino de reparación de televisores regentado por un pintoresco señor, visitado a una amiga recién salida del hospital y estaba viendo a un sucedáneo de Elton John… con poco interés por mi parte. Nunca unas elecciones que me interesaban tan poco me habían interesado tanto. Pensé por un instante en Susana Sumelzo y después en alguno de los poemas de Gloria Fuertes que habíamos leído en voz alta al principio de la tarde. Después de la versión de Bruce Springsteen el concierto acabó.

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John Smith. Bombo y Platillo

He tenido un fin de semana anormalmente normal, algo que no le pegaba mucho a estos últimos días en los que he lucido vistosos estampados de angustia profesional, personal y futura. He hecho un poco de todo, comprar el periódico el sábado y desayunar debajo de casa. Hacer de enfermero casual. Asistir a una carrera popular para apoyar a un amigo que está entrenando para traspasar metas mejores. Y en estó que llego al domingo por la tarde frente a una copa de cerveza acariciando el boli y la libreta que llevo en el bolsillo mientrás esperamos que abran puertas para la sesión de Bombo y Platillo. El primer grupo no nos dice nada, así que nos dedicamos a arreglar el mundo (y los alojamientos para Pirineos Sur), cuando ya estoy empezando a pensar que más me valdría estar leyendo en mi casa, se sube este gigante inglés al escenario y de repente todo se ilumina.

John Smith Zgz

Lo bien que canta el tio. Bueno y lo bien que toca la guitarra. Y lo alto que es. Un haz de luz y la sala se llena. La gente escucha en silencio cada punteo, los giros de voz, rie, reímos los comentarios, esperamos nuevos matices cada vez que suenan los primeros acordes de una canción. Así hasta los bises, cuando se sienta para sorprender con un tema final, donde ya no sabes si está tocando el arpa, la guitarra o un sitar. Que grande Mr. John. Gracias. Después metió la guitarra en una funda amarilla que había estado a sus pies todo el concierto y se bajó del escenario. Los aplausos seguían llenando la sala, hasta que el público fue despertando del momento mágico en el que andábamos buceando, andar buceando… Nos volvimos a cruzar con él en la cafetería donde uno de nosotros dijo un entrecortado “congrats” y ofrecimos tres de nuestras mejores sonrisas. Seguramente nos hubiese gustado más cantarle eso de Tell me your dream pero no andamos muy finos en temas de entonación.

Me acerqué hasta la parada de autobús. Era tarde, el bus vino pronto, me senté frente a un chica de esas con caderas inmensas que miraba distraida por la ventanilla. Saqué la libreta y le quite el tapón al bolígrafo. Garabateé John Smith con letras grandes en una página en blanco. Alce la vista y me di cuenta que todo tenía un aire de normalidad apuballante. Al poco rato llegué a casa.

La uruguaya. Pedro Mairal

Estoy leyendo en el parque. Que pocas veces leo al aire libre. La escena no tiene nada de bucólica, estoy en un banco sucio frente al puesto de alquiler de las bicicletas. El trabajo, bueno o lo que yo creo que es mi trabajo, me ha traído aquí. Estoy nervioso por si la cago así que me sumerjo en la novela. Enseguida me dejo llevar por las disertaciones y aventuras de Lucas Pereyra en su viaje desde Argentina al Uruguay, ida y vuelta en el día.

Un texto salpicado de intriga, deseo, de dudas y de no saber si se estará a la altura. Guerra, Catalina, literatura, futbol, Montevideo, Batman. Crisis personal y de fondo la económica. Hay intención de agarrarse a los restos del naufragio y deseo de que la isla que se ve en el horizonte no sea tan sólo un espejismo. Esa isla, esa isla si existe, no está cerca.

Un texto breve y redondo, de lectura ágil y lleno de fogonazos, como ese extraño fenómeno paranormal que avistan los habitantes de Montevideo sobre el río al atardecer. De vez en cuando levanto la vista, estoy nervioso, no me gustaría que sucediese nada raro ahora. Estoy trabajando. Supongo. Me hago un selfie desde abajo, con un fondo salpicado de ramas y hojas. Estupidas ganas de inmortalizar el momento. Sé que no volverá a producirse.

Lo trajo Maiko el primer fin de semana cuando vino a mi departamento de separado y se lo olvidó. Y acá quedó. Saqué acordes, ritmos, rasgueos. Después me animé a puntear. Me salvó del bajón. Esa guitarrita mínima me apuntaló el alma en todo este año que llevo viviendo solo. Lo que sabía de guitarra me permitió aprender rápido. Es un instrumento simple y puede ser complejo también. La guitarra siempre me quedó grande, me sonaban sucios los acordes, demasiadas cuerdas para tener en cuenta, demasiadas notas en ese puente. Para un autodidacta, para el que toca de oído como yo, el ukelele es ideal. Entendí que prefería tocar bien el ukelele que seguir tocando mal la guitarra, y eso fue como una nueva filosofía personal. Si no podés con la vida, probá con la vidita.