El chico del puente

En mi camino al trabajo cruzo un puente metálico sobre un riachuelo que discurre oculto, muy abajo, entre abundante vegetación. Suena exótico al verlo escrito pero en realidad no lo es. Desde hace unas semanas me cruzo en ese puente todos los días con un chico alto, delgado, cimbreante, tiene cierto aire de Dylan y suele llevar camisetas con el rostro de grandes estrellas del rock. Camina despistado con los auriculares puestos y escasamente se le avista la mirada tras sus gafas redondas. Verle me tranquiliza, me da cierta sensación de pertenencia. De estúpida comunidad. Algunos día me lo he juntado casi en la puerta de mi trabajo, sonrío porque descubro que he madrugado. Madrugar me pone feliz, quién lo hubiera dicho. Él sigue su camino como si no me viese. Pero me giro y veo que aprieta el paso, sabe que llega tarde.

Cuchillo

¿Qué día es hoy?. Alzo la vista, enfoco y callo. Me lo pregunta un señor mayor que se agarra fuertemente a su andador bloqueando la acera. Silencio. Intento dilucidar si me pregunta por el día o el número. Dos pasos por delante una señora sonriente me mira con ternura. Martes, digo finalmente. Él me sonríe y dice que su mujer está empeñada en que era sábado. Le devuelvo la sonrisa y miro a la señora que tiene los ojos chispeantes, como los de un niño cuando sabe que ha hecho algo que no esta bien pero no se arrepiente. Reanudo la marcha y pienso ¿qué día es hoy? ¿qué aporta a la felicidad el conocimiento?. Ellos llegan a casa, cuando él logra sentarse en el sillón de color burdeos que esta frente a la ventana, siente el frío del acero seccionandole la garganta. Ella piensa en todo lo que va a tener que limpiar, pero que aún así el paseo ha merecido la pena.

Cumpleaños al fin y al cabo

Ya está. Ya he terminado de cumplir años. Iré bebiéndome las cervezas que sobraron durante los próximos seis meses y pensando en el peso del tiempo, la madurez y todas esas mierdas. Pero ya puedo hacer balance de los regalos que me han caído. No hay que llegar primero pero hay que saber llegar. Así como te lo canto. Así que ahora tengo un reloj de pulsera difícil de combinar con mi colección de camisetas, una crema y un contorno de ojos antiedad de los buenos, otras cremas naturales, gayumbos pichis, un cuadro, cuadrado y original de un pintor que me gusta, los sellos de Bowie, un juego café de cerámica de Muel, que era un regalo que tenía prometido para mi boda pero que sabiamente se ha adelantado y unos cuantos libros, Madoz (inmenso), Karmelo G. Iribaren, el Hematocrítico, Lamaitre, Julian Barnes… seguro que me dejo algo. Siempre hay que dejarse algo. Una ilusión.

Lanaja junio

Dudar

He tardado casi un año en comprar un bote metálico para guardar el café. Ayer por fin lo hice, es de Bob Esponja. El otro día alguien decía de mi que pienso todo demasiado pero suelo acertar. Yo, no estoy tan seguro.