Hurra. Ben Brooks

He tardado en leerlo pero ya está. Completo así, gracias a Isa que me lo ha prestado, esta especie de tríptico sobre los millenials ingleses.  Me sigo quedando con Crezco, por lo que tiene de novela seminal y aunque tanto Lolito como Hurra están llenas de destellos (vomitos y brilli, brilli), esta ya no me llega o ya no sorprende tanto. Su lectura sigue siendo divertida y a ratos apasionante por lo que tienen de fresco y por el poco reflejo que este tipo de literatura veo en los autores de nuestro país. Esta vez seguimos de cerca a Daniel y Adam que acaban de perder a su hermana. Se enfrentan a la perdida, emprendiendo una carrera hacia ninguna parte, que en ocasiones hace que la novela pierda interés al mismo tiempo que los personajes visitan distintas latitudes. Es rápido, ingenioso, hedonista, divertido, molesto, incisivo, pero algo falla.

Nos sentamos juntos en la parte delante de la iglesia, lo más cerca posible del ataúd de Ellen, en los bancos del coro, perpendiculares al resto. Ha venido mucha gente. La mayoría son chicas de su instituto acompañadas de sus novios, y varios hombre y mujeres a quienes llamamos tío y tía porque le prestaron dinero a mamá cuando no tenía. Nuestros primas están casi al final, ojeando unos folletos con la foto de la orla de Ellen en la portada.

Adam juega al Candy Crush en el teléfono. Parece transparente bajo esta luz mortecina. Sus ojos han derramado menos agua que los míos, aunque suele ser más desinhibido. Eso significa que normalmente se le dan mejor las mujeres, pero con los padres, casi nunca se lleva bien.

Le doy un codazo, me da un codazo
– Por mucho que llores seguirá muerte-me dice.
– ¿Y mamá?
– A mamá no le importa una mierda.

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Noches de verano en Pirineos Sur

Sin saber muy bien como, acabé en el concierto de Kase O en el Festival Pirineos Sur. Y claro pasó lo que tenía que pasar, que me aburrí. Y no porque el tío no sea profesional, porque no sonase bien (es de los pocos que entiendo cuando rapean), porque no hubiese colaboraciones, ni luces y coreografías estudiadas. Simplemente porque no me gusta. Me resulta curioso ver a la gente que ya esta en los cuarenta enrolados un concepto tan puber. Se supone que la suya es la propuesta más madura del genero, porque el chico ha tenido una crisis personal, ha estado deprimido y ha volcado todos sus fantasmas en este nuevo disco… bueno vale ¿y qué?. A ver todo esto puede venir porque no me interesan los conciertos de rap o hip hop, ni sus ansias participativas (agáchate, levanta la mano y muévela, dale ruido a fulanito, gritad paaaaaaaaaaaaz…), será que ya lo di todo en la época de Teresa Rabal. Por no hablar de los discursitos que “se casco” entre canciones inspirados en lo peor del pastoreo evangelista, mucho amor, mucho respeto a las mujeres (son como jarrones llego a decir) y con pinceladas de superación personal estilo mensajito de Facebook. Pero el público disfrutó. Eso es importante. Un público que según una de las varias encuestas que lanzaron desde el escenario, era mayoritariamente de Zaragoza y había subido a ver a su gurú rodeado de las montañas de Lanuza. Pues oye muy bien, que lo disfrutaron. Y eso que les pusieron un telonero que no pareció gustarles mucho (Bejo nos dejó alguna que otra gran frase flotando sobre el pantano: “ella está buena pero es mala” / “mucho macho, mucho mamarracho ” y terminó su actuación como los grandes, en el agua) y que no supo apreciar que en las músicas previas a la actuación sonase ese himno generacional millennial que es Tu coño es mi droga.

Todo esto en un festival poco sostenible, con algún que otro problema de identidad, muchísimos problemas de movilidad y de generación y recogida de residuos. Pero nada, que ya queda menos para que veamos de nuevo a Patti Smith, El mató a un policía motorizado, Caetano Veloso, a la Carrá, a Alkistis Protopsalti a pachas con Božo Vrećo (supongo que cuando sea viejo siempre podré decir que estuvimos en la primera actuación de Božo Vrećo en España), Perfume Genius o a Marta Sánchez cantando soldados del amor, sobre el escenario de Lanuza. Señores programadores de este u otros festivales, atiendan nuestras plegarias paganas.

Desayuno

Tomo café al lado de tu casa. En un bar lleno de condecoraciones e insignias policiales. Hay una colección de miniaturas militares, coches de la Guardia civil y un muñeco tipo Action Man vestido de uniforme. El ventilador del techo entrecorta la luz dando un efecto de slow motion a todo lo que sucede. Mi mano tiembla al acercar la taza a mi boca. No me siento nada seguro.

Por mirar al suelo

Este lo encontró Joaquín paseando por Tivissa. Yo miraba al cielo. Estaba abandonado al sol inclemente del mediodía sobre una acera polvorienta, delante de lo que parecía una casa abandonada. Sí, todo muy triste. Parece un gatete, pero con ese morro… no sé yo. Sea lo que sea, ya está con el resto de bichejos de mi estantería. Juntos somos una gran familia disfuncional, con unos valores sólidos y un amor incondicional por el plástico.

gatete

Ti proteggerò dalle paure, delle ipocondrie

Para Merche, porque le gusta. Por haberme descubierto tantas cosas. Por estar siempre dispuesta para los planes más tontos. Por las aventuras en las que nos hemos visto envueltos casi sin querer y porque sí.  No creo que pueda protegerte de nada, pero al menos nos reimos bien a gusto. Hala, ya tenemos nuestro idilio con Pirineos Sur consolidado tras estos dos años, lo sumamos al nuestro con Londres, con los disfraces periféricos, con las cervezas del camerino de la Pza. General Alsina… Grazie Tante!

Wimbledon y alrededores

Ayer ganó Muguruza Wimbledon. No pude ver el partido. Estaba tirado a la sombra de un avellano en el pantano de Lanuza. Todavía no me habían multado. Hace dos años jugaba Garbiñe la final de este torneo por primera vez y yo me preparaba para ir al río, mientras seguía la retransmisión. Acababa de echar un vistazo rápido al Twitter y ver que los del Marca habían compartido un vídeo de la victoria de Conchita Martinez. Nunca antes había retwiteado nada que proviniese de esa fuente y al hacerlo me he acordé de Natalia, Jesús y Esther. De cómo nos tragamos esa final en mi casa, en una televisión pequeña y vieja, con mi abuela Donata al lado, ejerciendo de improvisada comentarista.

Han pasado veintipico años y aún me parece estar viendo esa gastada hierba de la central de Londres. En la retina todavía el partidazo de semis donde Conchita había rematado un épico 10-8 en el tercer set ante Lori McNeill, de la que no sabíamos ni quien era, ni volvimos a saber. Me gusta Wimbledon porque siempre tiene algo de torneo loco. No respetan la clasificación para designar los cabezas de serie, jugadores con rankings bajos se plantan en últimas rondas. Luego toda esa mierda de la tradición, las reglas absurdas y el champán con fresas. Aunque no me gustan las fresas. Ni la tradición. Adoro la absurdidad. Esa que me ha hecho hacer cola dos años en el All England Club, lugar al que espero volver ¿el que viene?

Ese año en el torneo descubrimos los passings de revés liftado, algo verdaderamente difícil de reproducir en la pista de cemento rosa del pueblo. Nos gustó ver a los padres de Conchita, besarse en los morros en la grada tras el último punto del partido, era ver a los nuestros, anticipando un orgullo, que aún estaba por decidir. Y que no sé si ha llegado. Vuelvo a acordarme de los comentarios enfadados de mi abuela porque según ella habían puesto a jugar a Conchita contra un hombre. De nada servían nuestras explicaciones durante el partido acerca del sexo de Navratilova, cuando la enfocaban algún primer plano, mi abuela se reafirmaba en la injusticia de este partido. Supongo que por eso al final también sonreía más a gusto al verla levantar la ensaladera de plata, un trofeo tan tradicional y absurdo como el propio torneo. I love Wimbledon. And Conchita too.