Dejé el coche bajo unos árboles, cerca de casa.
Dejé el coche en el único hueco que encontré. Dos días después tenía el coche estampado con unos vistosos lunares de mierda. De pájaro. De pajarraco más bien.
El sábado en el pueblo lavé el coche.
El sábado le di un manguerazo*. La mierda se fue bien. Al cerrar la llave de paso oí a lo lejos el rumor del agua corriendo por la canaleta*. Me acerqué y una rana se zambulló. No había duda, ya estaba aquí la primavera.

*localismos

Moonlight

La he visto. Raro en mí, que siempre las veo tarde, o muy tarde. No voy a decir mucho más. Sólo que me sorprendió que en la B.S.O. apareciese el “Cucurrucucu paloma” interpretado por Caetano Veloso. Una canción que ya había incluido Pedro Almodovar en Hable con ella (cameo del cantante incluido, bueno y de alguien más…) y Wong Kar Wai en Happy Together (madre mía que llorera). Estas dos últimas si que me gustaron entre mucho y un montón.

Es jueves

Ojeo con la psicóloga un Hola que estaba arrinconado en el mostrador de la cafetería. Estamos en la prisión de Zuera. Hablamos del modelito que lleva Carolina de Mónaco en no sé que gala benéfica. Vamos, lo normal. Pedimos unos cafés y fijamos la mirada en el matrimonio mayor que está esperando que se abra la puerta para entrar a las comunicaciones. Tienen más de setenta años y miran las baldosas que tienen en frente con el mismo interés que miró Champollion por primera vez la piedra Rosetta. Hay un chico con unas Nike rojas y negras sentado en una silla junto a la puerta de los baños. Una chica de las de coleta alta, pasa por delante nuestro con una bolsa de rafia, llena de ropa y se acerca al mostrador de admisión para que la revisen. Gira la cabeza repentinamente y al encontrarse nuestra mirada nos sonríe levemente. Aparto la mirada y digo en voz baja, lo normal. El camarero aparece de la cocina con un plato con tres churros y lo deja frente a nuestras tazas de café ya vacías. Dos señores sentados en las banquetas a nuestra izquierda completan el cuadro resignado de este momento irrepetible. Hablo sobre mi resfriado, sobre mi móvil que ha empezado a hacer tonterías y repaso todas las cosas que me quedan hoy por hacer. Mañana serán más. Juntamos el dinero que llevamos en los bolsillos y pedimos la cuenta. Afortunadamente nos llega para pagar.

Buah! (work in progres)

Atraviesas la pasarela de hierro y echas de menos llevar capucha. También echas de menos que por debajo pase el metro y no un ridículo riachuelo. Vas todo vestido de negro porque negra tienes el alma. Perdona la broma, continuo. Caminas con pasos largos y vas dejando atrás a otros peatones como si estuvieras en una de esas locas carrera del Super Mario Kart. En tu cabeza no deja de martillear “La gente te jode por el culo en cuanto se les presenta la ocasión. Algunos por la presión de todas las cosas y otros por vocación. Mientras, gatos delgados buscan en las basuras“. Vas pensando en tus veintipocos, en la portada del cedé que hiciste para regalar esa grabación, en el discman, en la cosas que entonces importaban y en como pensabas serías cuando tuvieras treinta. ¿Qué ha pasado?. Nada especial. Te arrolló el tren. Y los del último vagón te mearon encima. Ahora recuerdas esos trajes que hiciste con materiales de embalaje. Las alabanzas de tus profesores. El artículo que salió en el periódico local y las manos que pasaban por encima de tus hombros esos meses. Ves estrellitas. Te paras y aprietas los ojos fuertemente con la mano derecha. Vuelves a pensar en el cedé. A recordar el collage que hiciste. Tuviste que repetirlo, porque nunca has sido bueno con la caligrafía. Pero al final quedó de puta madre. Cruzó el atlántico. Entonces si que había aventuras. Estaba todo por hacer y desconocías donde estaba la palanca del freno. Tal vez tengas una visión idealizada del pasado. Como ellos. Los trajes terminaron en el trastero de casa de tus padres, mientras tú no has parado quieto, vas peregrinando de alquiler en alquiler. Perdiendo cosas. Vas a menos. Llega el tranvía y buscas la tarjeta para subirte. Perdiste las ganas. Vas a ir hasta el final de la línea. Sin ilusión. Vas lento. Ya ni te pones los cascos del mp3 ¿para qué?. No sabes nada de América.

En el bar

Uno sólo y para mi otro chupito. ¿Todo bien? echando una caña antes de un concierto me presentaron a una chica que te conocía. Había trabajado contigo dijo. No recuerdo el nombre ¿puede ser Cristina?. No me gusta a mi esto de los carnavales, ni jugar a las cartas, ni coger caracoles. Una vez fui a un casino. A eso de la ruleta. No me dijo nada y me jodieron cien euros en un cuarto de hora. Es más difícil conocer a alguien que haya ganado la primitiva, que a alguien que le haya caído el rayo. Y no me jodas, que no es lo mismo rayos y centellas, que rallas y centollos. Hala, aquí te quedas, tiro un ratico a la sierra.