El deshielo. Lize Spit

Las mejores novelas que he leído esto año, han sido en mi libro digital. Esta es una de ellas. No creo que sea porque no haya leído en papel, tengo una pila encima de la mesilla que va bajando lentamente, debe de ser por pura coincidencia. Bueno y porque es el primer año que lo tengo y me hace mucha ilusión acumular títulos allí también, como si fuera una mesilla más. El deshielo habla de muchas cosas, pero sobre todo de que te rompan por dentro. No me esperaba el tajo que se lanza a la yugular de nuestra, muchas veces pueril, idealización de la infancia.

A ver, no es una novela sobre la infancia, pero esta llena de niños y de pre-adolescentes. Que sí, de acuerdo, vale, que son uno años de cambios, de crisis, bla, bla, bla, pero siempre hemos exaltado los vínculos que entre iguales en ella se forjan. La amistad en esta ocasión no sirve ni protege de nada. Aquí se le da una patada. Por si fuera poco la autora lanza un gancho de derecha a nuestra idea de perfección que tenemos de las sociedades del norte de Europa. Una familia disfuncional seccionada con la precisión con la que Jolan, el hermano mayor, disecciona las cabezas de los saltamontes en su laboratorio. Todo esto contado con una prosa limpia y eficaz, con capacidad para describir nimiedades y actos grotescos de la misma manera (¿cómo Agota K?). El último tramo de la novela se lee sin aliento, sin saber muy bien que es lo que queremos encontrarnos al volver la página.

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Ti proteggerò dalle paure, delle ipocondrie

Para Merche, porque le gusta. Por haberme descubierto tantas cosas. Por estar siempre dispuesta para los planes más tontos. Por las aventuras en las que nos hemos visto envueltos casi sin querer y porque sí.  No creo que pueda protegerte de nada, pero al menos nos reimos bien a gusto. Hala, ya tenemos nuestro idilio con Pirineos Sur consolidado tras estos dos años, lo sumamos al nuestro con Londres, con los disfraces periféricos, con las cervezas del camerino de la Pza. General Alsina… Grazie Tante!

Orwell, Huesca, café

A cuatro kilómetros de nuestras trincheras, Huesca brillaba pequeña y clara como una ciudad formada por casas de muñecas. Meses antes, cuando cayó Siétamo, el comandante general de las tropas gubernamentales había comentado alegremente: “Mañana tomaremos café en Huesca”.
Resultó estar equivocado. Se produjeron sangrientos ataques, pero la ciudad no cayó, y “Mañana tomaremos café en Huesca” se convirtió en una broma en todo el ejército. Si alguna vez regreso a España, no dejaré de tomar una taza de café en Huesca.
George Orwell. Homenaje a Cataluña.

Se ha inaugurado en Huesconsin la exposición Orwell toma café en Huesca con la que se recuperan documentos, fotografías, objetos que recogen el paso del escritor por España durante la guerra civil. Incluso se expone una obra que estuvo presente (vete tu a saber por qué), durante unos años en mi dormitorio, Elegía por Andrés Nin de Eugenio Granell. George Orwell nunca llegó a tomar café en Huesca, pero hace unos días su hijo Richard Blair, junto a el hijo de del comandante Kopp, sí que se lo han tomado. No es la primera vez, porque desde hace unos años, es habitual que miembros de The Orwell Society visiten Huesca y las trincheras de la sierra Alcubierre donde el escritor pasó algunos días de la contienda. Estoy al día de todos estos viajes, porque mi amiga Elena suele hacer de traductora voluntaria (y voluntariosa) del grupo. No sé si sus alumnos del instituto sabrán reconocerle estas cosas. Seguramente le aprecian porque es de las que siempre se presta para acompañarles en el viaje de estudios, pero a mi me encanta ver que su altura, su (des)garbo y sus sonrisa ilumina a esos grupos de británicos blanquiñosos que de vez en cuando pisan estas tierra hermosa, dura y salvaje.

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Una cosa que no llego a entender, es porque no hay ninguna cafetería en Huesca que lleve el nombre de Orwell o en el que se le brinde homenaje de alguna manera. No sé, que hubiese algún guiño cuando alguien dijese mañana tomaremos café en Huesca. Imagino al camarero sonriendo y sacándole un café especial. Con un trozo de ruso. O en unas tazas serigrafiadas para la ocasión. Puede que con una tarjeta con un mensaje secreto debajo de la cucharilla. O si hubiese una concejalia de turismo con ganas de hacer algo más allá de un folleto (otro) para llevar a FITUR y algún cutre vídeo de promoción de esos que no ve nadie… que con el café viniese un vale para acercarse a una librería y poder recoger un libro gratis.

Yo te quise más. Tom Spanbauer

Hace algunos días que quería escribir sobre esta novela, pero había algo que me impedía hacerlo. De algún modo estaba bloqueado. Encogido. Castrado. Aún lo estoy. Supongo que no es más que el deseo de no desprenderme del poso que me dejó cerrarla tras leer la última página.

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Spanbauer como escritor me parece brutal, sus textos son algo tramposos pero a la vez hipnotizantes. Todo tiene una patina autobiográfica que junto a su especial utilización de las estructuras sintácticas y el ritmo, hace de la lectura de sus obras algo compulsivo. Vale, puede que no sea un escritor apto para todo tipo de lectores pero está claro que su estilo (patatas rojas en una palada de tierra) indiferente no deja. A mi este cabrón siempre tiene la capacidad de crearme nostalgia de cosas que no he vivido. Porque anda que no me gustaría haber cultivado una amistad como la que se cuenta en estas páginas. Amistad más allá del amor. Cuando el amor no es posible. O cuando esa es la única forma de amar que merece la pena. Esas miradas a los ojos, lo silencios, las preguntas que duelen, lecturas compartidas y frases cómplices. Tengo que irme tío.

No puedo decir que me haya gustado más que Ahora es el momento, porque fue la obra con la que descubrí al autor y su estilo peligroso, pero me encantaría detener el tiempo, retrasarlo y comenzar a leerla de nuevo, como si fuera primera vez.

Cogí el cuchillo, me lo llevé al pecho, lo clavé con fuerza, corté abajo y en círculo, me arranqué el corazón y lo deposité todavía caliente, en la página. Pero no sangraba bastante. Las palabras sonaban tontas. Mi voz no se proyectaba en el anfiteatro fluorescente, era demasiado aguda, se rompía como la de un adolescente al que acabaran de descenderle los testículos. Joder. No tenía escapatoria. Sonaba como sonaba siempre: un chico católico pidiendo disculpas. Luego, una pausa larga. El largo silencio posterior donde solo se oía mi respiración. Una gota de sudor me resbaló por la parte interna del brazo. Todo brilla, se caliente y se llena.

Que estamos ya en marzo

Ando escribiendo algo, no sé muy bien para qué, pero ahí ando. Entre otras cosas dos colaboraciones de las que igual no sale nada. Para una me he comprado un cuaderno que he alterado. Esa la escribo en el tren, los días que voy al trabajo en tren. Y tengo ganas, claro. Para la otra voy pillando frases al vuelo, conversaciones, revistas, telediarios… compongo algo, lo mando por internet a mi contraparte y vuelve transformado. O no vuelve. O es otra cosa distinta. Una melodía. Un cuadro. Y así pasan los días y al menos tengo la sensación de que hago algo.

Los viejos Amigos. Rafael Chirbes

Por primera vez en tres años se están poniendo rojas las hojas de la poinsettia que me traje moribunda de casa de mi madre. Ha estado todo el verano echando hojas y aunque ahora parecía volver a enfermar y se estaba quedando algo pelada, algunas de sus hojas se están oscureciendo. La miro y pienso en el paso del tiempo, los ciclos de la vida, la fugacidad de la juventud, la espera. Nada raro si os cuento que acabo de dejar sobre la mesa (el canto de las páginas paralelo al borde de la mesa) este libro de Chirbes, que me tiene algo tristón, nublado como el tiempo.

Este es un libro que no puedes leer con la tv puesta, ni mientras esperas que termine la lavadora, un libro que es exigente con el lector. Y me parece bien, porque es un texto en el que el autor también ha sido exigente consigo mismo. No conozco bien su obra, pero todo el mundo cuando habla de ella, suele poner el adjetivo denso, interesante pero denso. Los del club de lectura 2 de la librería Anónima incluidos. Desencanto, fotografía generacional, derrota, ajuste de cuentas… un cóctel nada navideño, que merece la pena probar.

Suena el ruido de la lluvia y crujen los batientes mal ajustados de las ventanas –“los muertos, los pobres muertos tienen grandes dolores, y cuando sopla octubre”- mientras él recuerda aquellos años que, cuando discurrían, no tuvo conciencia que fueran felices.