Domingo, piscina y barbacoa indoor

Me doy ese pequeño placer que es leer Babelia los domingos y en el cierre de la entrevista a George Steiner leo:

Ningún lugar es aburrido si me dan una mesa, buen café y unos libros. Eso es una patria.”Nada humano me es ajeno”. ¿Por qué Heidegger es tan importante para mi? Porque nos enseña que somo los invitados de la vida. Y tenemos que aprender a ser buenos invitados. Y, como judío, tener siempre la maleta preparada y si hay que partir, partir. Y no quejarse.

La palabra patria nunca la he entendido muy bien. Ni en la última campaña electoral, de la que por cierto pensaba hablar pero la solana de estos últimos días, ha achicharrado las ideas para escupir mis palabras. Cierro el periódico mientras canturreo Feedback Circle de El Regalo de Silvia. Habrá que ir preparandose para ir a ver a Mr. James Rhodes al Teatro Olimpia. A mi los domingos, me dan sueños. Lástima de algunos lunes.

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Leer y sudar

Pues he hecho un examen. Tampoco es que me haya dejado los huevos estudiando, pero tenía activada esa medida mental que me castiga sin leer otras cosas (excepción del periódico del sábado), que no fueran del temario. Pero ya lo he hecho. Y como el resultado me va a sumir en la incertidumbre de si paso a la siguiente ronda o no, ya puedo leer sin remordimientos. Y en la mesilla tengo la última de Spanbauer, a la que le tengo muchas ganas y alguna que otra cosilla más. Mientras el calor ha llegado, la casa está a medio desmontar y el comedor todavía lleno de pilas de apuntes. Bienvenido verano del dieciseis, comienza la temporada ¡a sudar!.

Leer da sueños

Leyendo en la pelu

La actividad humana está siempre en la frontera entre: lo que sabemos, lo que podemos hacer, lo que aspiramos y nuestras potencialidades. Siempre estamos eligiendo; ésa es la razón por la que es tan importante enriquecer la gama de posibilidades y desarrollar nuevas utopías al final de este siglo, que hagan posible nuevas elecciones.

Ilya Prigogine. Premio Nobel de Química 1977

Libertad. Jonathan Franzen

Me declaro ajeno a todas las discusiones existentes en la blogosfera entorno a la figura de Jonathan Franzen. Vamos ni creo que sea el gran autor norteamericano de nuestros días, ni que escriba truños carentes de todo interés. Me quedo con las ganas de leer su anterior novela (Las correcciones), pero de momento todavía cuando voy a acostarme acude a mi cabeza Walter y su obsesión con preservar el hábitat de las aves canoras y de advertirnos de los peligros de la superpoblación del planeta. También asoma la punta de la nariz la indecisión vital de Patty y claro como no pensar en Richard (cantante de los Traumatics y de los exitosos Walnut Surprise), en el que intuyo reflejados tantos rock-folk-singers de la escena alternativa norteamericana. Por aparecer hasta en ocasiones se me cuela la estúpida seguridad de la joven Lalitha

Es verdad que no es una novela que te enganche con el primer párrafo, pero cualquier lector mínimamente entrenado (que haya superado la fase de El Barco de vapor), descubrirá el interés de adentrarse en los entresijos de esta dysfunctional happy family.

Pobre Walter. Primero había dejado de lado sus sueños de actor y cineasta por un sentido de la responsabilidad económica para con sus padres, y después, en cuanto su padre lo liberó con su muerte, fue a juntarse con Patty y dejo de lado su aspiración de salvar el planeta y entró a trabajar en 3M, par que Patty pudiera tener su fabulosa casa antigua y quedarse allí con los niños. Todo ocurrió casi sin siquiera planteárselo. Él se entusiasmaba con todos los planes que la entusiasmaban a ella, se entregó a la reforma de la casa y a defenderla contra su familia (…). En los primeros años, era tal su fervor por Patty que a sus ojos ella no podía hacer nada mal. Y sin duda fueron muy buenos años.

Buenos días

Despertar a eso de las 7:30, coger un vaso de agua e ir al comedor. Allí sobre la mesa de cristal espera El llano en llamas. Leer un relato. Solo uno porque el librito es puro huesos. El tiempo se detiene. Volver al párrafo anterior, visualizarlo, pasear por la llanura, bajo un sol de justicia. Llegar a las paraneras y que el ruido de la cafetera te traiga de regreso al sofá. ¡Buenos días! ¡a trabajar!

Tengo paciencia y tú no la tienes, así que ésa es mi ventaja. Tengo mi corazón que resbala y da vueltas en su propia sangre, y el tuyo está desbaratado, revenido y lleno de pudrición. Esa es también mi ventaja. Mañana estarás muerto, o tal vez pasado mañana o dentro de ocho días. No importa el tiempo. Tengo paciencia.

50 rayuelas que saltar sin tener piernas

Se celebra el 50 aniversario de la publicación de Rayuela, la novela más emblemática de Julio Cortazar y una de las más importantes de la literatura hispanoamericana, esto último no lo digo yo, lo dicen los expertos y eso que la novela cuenta con amores y odios encendidos entorno a ella. Como siempre que hay una de estas efemérides (más al servicio del mercado, la reedición y el espectáculo cultural), se ha escrito mucho del tema, de su influencia, de sí sigue siendo actual su planteamiento rompedor, que sí ha envejecido mal, etcétera. Estaba en el pueblo leyendo uno de esos artículos y no puede evitar ir a la librería y cogerla, acariciar el lomo, abrir un capítulo al azar y leer unas líneas. Así era yo. Cuantos mundos dentro de sus páginas. Descubrí Rayuela tarde, como otras muchas cosas. Tampoco demasiado pero vamos que no la leí en el final de la adolescencia, que es donde a muchos les gusta situar sus efectos catárticos. De todas formas era una época en la que mi vida iba de descubrimiento en descubrimiento, todo el día en un ¡ayh!. Recuerdo que estábamos en la casa de una chica sin nombre, ahora ni siquiera puedo ponerle cara. Era uno de los ligues de un amigo y junto a la novela había una cinta de casette de Godspeed You! Black Emperor. Ambos descubrimientos tiñeron mi vida durante meses.

Devoré la novela, la de Alfaguara que en la portada traía una cama desecha, saltando entre sus capítulos, sin entenderlo todo, sin aspirar a entender nada. Ni siquiera tenía un personaje favorito, saltaba de Morelli a Oliveira, de este a la Maga, como Cortazar saltaba de Paris a Buenos Aires. La novela. La antinovela. ¡Evohé! ¡evohé!. Yo también soy como un río. Descubrir que no hace falta ir siempre en la dirección correcta para llegar a algún sitio. La libertad de leer, las ganas de escribir, el deseo de ser. Twoo much para un chico de provincias. Cuando la termine tenía la sensación de saber muchas cosas nuevas. Y claro siempre quedó pendiente lo de volver a leerla. Pero entonces llegaron Los detectives salvajes a mi vida. Y ya no lo hice. Pero descubrí un amor infinito por los escritores latinoamericanos que transitan por Europa. Sea como sea, muchísimas gracias Sr. Cortazar.