La primera mano que sostuvo la mía. Maggie O’Farrell

No la he terminado. Me la dejaron en un tren y disfruté como un enano. Pero no me dio tiempo, no quisé terminarla. Maggie O’Farrel escribe asquerosamente bien. Ya nos deslumbró en Tiene que ser aquí, aunque en esa ocasión la historia se fue desinflando en los capítulos finales. De momento lo que he leido de esta novela  no tiene pinta de venirse abajo, al revés parece que guarda alguna que otra sorpresa. No suelo hablar de ningún libro hasta que no lo acabo. Pero me encanta romper mis estúpidas propias reglas.

Su hijo. Todavía tiene que acostumbrarse a estas palabras. Ted quiere que tenga un trineo y refugios y ferias y hogueras que provoquen incendios sin querer. Lo llevará al zoo y no mirará el reloj ni una sola vez. Aprenderá a hacer tarta Tatin y se la hará una vez a la semana, o todos los días, si quiere. Este niño no tendrá que retirarse una hora a su habitación después de las comidas para “reposar un poco”. A él no lo llevará a comprar zapatos para el colegio ni a ver momias egipcias en vitrinas de cristal ninguna adolescente con un conocimiento superficial del inglés. No tendrá que pasar las tardes él solo en un jardín helado. Tendrá calefacción centra en su habitación. No lo llevarán a cortarse el pelo una vez al mes. Tendrá permiso par quitarse los zapatos en la arena del parque, incluso lo animará a que se descalce. Podrá poner los adornos de colores que más le gusten en el árbol de Navidad.

Tamborilea con los dedos en el brazo del sofá. Le gustaría levantarse. Le gustaría escribir estas cosas. Le gustaría acercarse a su hijo dormido y decírselas, como a modo de compromiso. Pero no puedo molestar a Elina. Coge el mando a distancia y cambia de canal hasta que encuentra un partido de fútbol del que no se acordaba.

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Cáscara de nuez. Ian McEwan

Tengo un improvisado club de lectura con la madre de mi amiga Isabel y un amigo suyo, al que no conozco pero que amablemente realiza crónicas y puntua los libros que se le presta. En nuestro club se adorá al señor McEwan y esta semana le he hincado el diente a su último libro, uno con portada fea y título poco atrayante (aunque Shakesperiano).

Hay un plan para realizar un asesinato, hay catas de vino, lecturas de poesía y abundantes reflexiones sobre la condición humana, el amor y la falsedad. No tiene la consistencia de Expiación, pero el tono me ha recordado a alguno de los relatos de Primer amor, últimos ritos. Ágil, lúcido y salpicado de humor británico, porque sí, resulta que los británicos tienen humor. Ahora vamos a seguir con la generación Granta y le hincaremos el diente al Nobel Ishiguro, así que próximamente, más.

La libertad de expresión ya no es libertad, la democracia liberal ya no es el puerto de destino obvio, los robots roban puestos de trabajo, la libertad en un estrecho combate con la seguridad, el socialismo caído en desgracia, el capitalismo corrupto, destructivo y caido en desgracia, sin alternativas a la vista. En conclusión, decía la experta, estos desastre son el fruto de nuestra naturaleza doble. Inteligente e infantil. Hemos construido un mundo demasiado complejo y peligroso para que lo gestione nuestra naturaleza pendenciera. En tal estado de desesperanza, el voto mayoritario irá a parar a lo sobrenatural. Es el crepúsculo de la segunda Era de la Razón. Éramos maravillosos pero ahora estamos condenados.

Llámame por tu nombre. André Aciman

Como todo el mundo habla de la peli, me he leído el libro. Uno es así, que le vamos a hacer. Bueno que ni fú ni fa. La mayor parte del tiempo aburrido con las tribulaciones de este adolescente pijotero y resabidillo. Y mira que el genero teenager es una de mis debilidades pero esta novela sólo se salva en un par de fogonazos. Demasiado artificio. Mi motivación ahora para ver la peli es el buen recuerdo que me dejó Io sonno l’amore, que es del mismo director, aunque con lo lento que soy yo últimamente para el cine, igual la ponen antes en Telecinco.

También sabía que estaba construyendo un fortín alrededor de mi vida con muchos inténtalo luego y que los meses, las estaciones, los años enteros podían escaparse de mis manos con un simple San Intentaloluego en el santoral de cada día. Inténtalo luego funcionaba para gente como Oliver. Si no es luego, ¿cuándo? era mi doctrina.

El deshielo. Lize Spit

Las mejores novelas que he leído esto año, han sido en mi libro digital. Esta es una de ellas. No creo que sea porque no haya leído en papel, tengo una pila encima de la mesilla que va bajando lentamente, debe de ser por pura coincidencia. Bueno y porque es el primer año que lo tengo y me hace mucha ilusión acumular títulos allí también, como si fuera una mesilla más. El deshielo habla de muchas cosas, pero sobre todo de que te rompan por dentro. No me esperaba el tajo que se lanza a la yugular de nuestra, muchas veces pueril, idealización de la infancia.

A ver, no es una novela sobre la infancia, pero esta llena de niños y de pre-adolescentes. Que sí, de acuerdo, vale, que son uno años de cambios, de crisis, bla, bla, bla, pero siempre hemos exaltado los vínculos que entre iguales en ella se forjan. La amistad en esta ocasión no sirve ni protege de nada. Aquí se le da una patada. Por si fuera poco la autora lanza un gancho de derecha a nuestra idea de perfección que tenemos de las sociedades del norte de Europa. Una familia disfuncional seccionada con la precisión con la que Jolan, el hermano mayor, disecciona las cabezas de los saltamontes en su laboratorio. Todo esto contado con una prosa limpia y eficaz, con capacidad para describir nimiedades y actos grotescos de la misma manera (¿cómo Agota K?). El último tramo de la novela se lee sin aliento, sin saber muy bien que es lo que queremos encontrarnos al volver la página.

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Hurra. Ben Brooks

He tardado en leerlo pero ya está. Completo así, gracias a Isa que me lo ha prestado, esta especie de tríptico sobre los millenials ingleses.  Me sigo quedando con Crezco, por lo que tiene de novela seminal y aunque tanto Lolito como Hurra están llenas de destellos (vomitos y brilli, brilli), esta ya no me llega o ya no sorprende tanto. Su lectura sigue siendo divertida y a ratos apasionante por lo que tienen de fresco y por el poco reflejo que este tipo de literatura veo en los autores de nuestro país. Esta vez seguimos de cerca a Daniel y Adam que acaban de perder a su hermana. Se enfrentan a la perdida, emprendiendo una carrera hacia ninguna parte, que en ocasiones hace que la novela pierda interés al mismo tiempo que los personajes visitan distintas latitudes. Es rápido, ingenioso, hedonista, divertido, molesto, incisivo, pero algo falla.

Nos sentamos juntos en la parte delante de la iglesia, lo más cerca posible del ataúd de Ellen, en los bancos del coro, perpendiculares al resto. Ha venido mucha gente. La mayoría son chicas de su instituto acompañadas de sus novios, y varios hombre y mujeres a quienes llamamos tío y tía porque le prestaron dinero a mamá cuando no tenía. Nuestros primas están casi al final, ojeando unos folletos con la foto de la orla de Ellen en la portada.

Adam juega al Candy Crush en el teléfono. Parece transparente bajo esta luz mortecina. Sus ojos han derramado menos agua que los míos, aunque suele ser más desinhibido. Eso significa que normalmente se le dan mejor las mujeres, pero con los padres, casi nunca se lleva bien.

Le doy un codazo, me da un codazo
– Por mucho que llores seguirá muerte-me dice.
– ¿Y mamá?
– A mamá no le importa una mierda.

Cumpleaños al fin y al cabo

Ya está. Ya he terminado de cumplir años. Iré bebiéndome las cervezas que sobraron durante los próximos seis meses y pensando en el peso del tiempo, la madurez y todas esas mierdas. Pero ya puedo hacer balance de los regalos que me han caído. No hay que llegar primero pero hay que saber llegar. Así como te lo canto. Así que ahora tengo un reloj de pulsera difícil de combinar con mi colección de camisetas, una crema y un contorno de ojos antiedad de los buenos, otras cremas naturales, gayumbos pichis, un cuadro, cuadrado y original de un pintor que me gusta, los sellos de Bowie, un juego café de cerámica de Muel, que era un regalo que tenía prometido para mi boda pero que sabiamente se ha adelantado y unos cuantos libros, Madoz (inmenso), Karmelo G. Iribaren, el Hematocrítico, Lamaitre, Julian Barnes… seguro que me dejo algo. Siempre hay que dejarse algo. Una ilusión.

Lanaja junio

La uruguaya. Pedro Mairal

Estoy leyendo en el parque. Que pocas veces leo al aire libre. La escena no tiene nada de bucólica, estoy en un banco sucio frente al puesto de alquiler de las bicicletas. El trabajo, bueno o lo que yo creo que es mi trabajo, me ha traído aquí. Estoy nervioso por si la cago así que me sumerjo en la novela. Enseguida me dejo llevar por las disertaciones y aventuras de Lucas Pereyra en su viaje desde Argentina al Uruguay, ida y vuelta en el día.

Un texto salpicado de intriga, deseo, de dudas y de no saber si se estará a la altura. Guerra, Catalina, literatura, futbol, Montevideo, Batman. Crisis personal y de fondo la económica. Hay intención de agarrarse a los restos del naufragio y deseo de que la isla que se ve en el horizonte no sea tan sólo un espejismo. Esa isla, esa isla si existe, no está cerca.

Un texto breve y redondo, de lectura ágil y lleno de fogonazos, como ese extraño fenómeno paranormal que avistan los habitantes de Montevideo sobre el río al atardecer. De vez en cuando levanto la vista, estoy nervioso, no me gustaría que sucediese nada raro ahora. Estoy trabajando. Supongo. Me hago un selfie desde abajo, con un fondo salpicado de ramas y hojas. Estupidas ganas de inmortalizar el momento. Sé que no volverá a producirse.

Lo trajo Maiko el primer fin de semana cuando vino a mi departamento de separado y se lo olvidó. Y acá quedó. Saqué acordes, ritmos, rasgueos. Después me animé a puntear. Me salvó del bajón. Esa guitarrita mínima me apuntaló el alma en todo este año que llevo viviendo solo. Lo que sabía de guitarra me permitió aprender rápido. Es un instrumento simple y puede ser complejo también. La guitarra siempre me quedó grande, me sonaban sucios los acordes, demasiadas cuerdas para tener en cuenta, demasiadas notas en ese puente. Para un autodidacta, para el que toca de oído como yo, el ukelele es ideal. Entendí que prefería tocar bien el ukelele que seguir tocando mal la guitarra, y eso fue como una nueva filosofía personal. Si no podés con la vida, probá con la vidita.