Hurra. Ben Brooks

He tardado en leerlo pero ya está. Completo así, gracias a Isa que me lo ha prestado, esta especie de tríptico sobre los millenials ingleses.  Me sigo quedando con Crezco, por lo que tiene de novela seminal y aunque tanto Lolito como Hurra están llenas de destellos (vomitos y brilli, brilli), esta ya no me llega o ya no sorprende tanto. Su lectura sigue siendo divertida y a ratos apasionante por lo que tienen de fresco y por el poco reflejo que este tipo de literatura veo en los autores de nuestro país. Esta vez seguimos de cerca a Daniel y Adam que acaban de perder a su hermana. Se enfrentan a la perdida, emprendiendo una carrera hacia ninguna parte, que en ocasiones hace que la novela pierda interés al mismo tiempo que los personajes visitan distintas latitudes. Es rápido, ingenioso, hedonista, divertido, molesto, incisivo, pero algo falla.

Nos sentamos juntos en la parte delante de la iglesia, lo más cerca posible del ataúd de Ellen, en los bancos del coro, perpendiculares al resto. Ha venido mucha gente. La mayoría son chicas de su instituto acompañadas de sus novios, y varios hombre y mujeres a quienes llamamos tío y tía porque le prestaron dinero a mamá cuando no tenía. Nuestros primas están casi al final, ojeando unos folletos con la foto de la orla de Ellen en la portada.

Adam juega al Candy Crush en el teléfono. Parece transparente bajo esta luz mortecina. Sus ojos han derramado menos agua que los míos, aunque suele ser más desinhibido. Eso significa que normalmente se le dan mejor las mujeres, pero con los padres, casi nunca se lleva bien.

Le doy un codazo, me da un codazo
– Por mucho que llores seguirá muerte-me dice.
– ¿Y mamá?
– A mamá no le importa una mierda.

Anuncios

Cumpleaños al fin y al cabo

Ya está. Ya he terminado de cumplir años. Iré bebiéndome las cervezas que sobraron durante los próximos seis meses y pensando en el peso del tiempo, la madurez y todas esas mierdas. Pero ya puedo hacer balance de los regalos que me han caído. No hay que llegar primero pero hay que saber llegar. Así como te lo canto. Así que ahora tengo un reloj de pulsera difícil de combinar con mi colección de camisetas, una crema y un contorno de ojos antiedad de los buenos, otras cremas naturales, gayumbos pichis, un cuadro, cuadrado y original de un pintor que me gusta, los sellos de Bowie, un juego café de cerámica de Muel, que era un regalo que tenía prometido para mi boda pero que sabiamente se ha adelantado y unos cuantos libros, Madoz (inmenso), Karmelo G. Iribaren, el Hematocrítico, Lamaitre, Julian Barnes… seguro que me dejo algo. Siempre hay que dejarse algo. Una ilusión.

Lanaja junio

La uruguaya. Pedro Mairal

Estoy leyendo en el parque. Que pocas veces leo al aire libre. La escena no tiene nada de bucólica, estoy en un banco sucio frente al puesto de alquiler de las bicicletas. El trabajo, bueno o lo que yo creo que es mi trabajo, me ha traído aquí. Estoy nervioso por si la cago así que me sumerjo en la novela. Enseguida me dejo llevar por las disertaciones y aventuras de Lucas Pereyra en su viaje desde Argentina al Uruguay, ida y vuelta en el día.

Un texto salpicado de intriga, deseo, de dudas y de no saber si se estará a la altura. Guerra, Catalina, literatura, futbol, Montevideo, Batman. Crisis personal y de fondo la económica. Hay intención de agarrarse a los restos del naufragio y deseo de que la isla que se ve en el horizonte no sea tan sólo un espejismo. Esa isla, esa isla si existe, no está cerca.

Un texto breve y redondo, de lectura ágil y lleno de fogonazos, como ese extraño fenómeno paranormal que avistan los habitantes de Montevideo sobre el río al atardecer. De vez en cuando levanto la vista, estoy nervioso, no me gustaría que sucediese nada raro ahora. Estoy trabajando. Supongo. Me hago un selfie desde abajo, con un fondo salpicado de ramas y hojas. Estupidas ganas de inmortalizar el momento. Sé que no volverá a producirse.

Lo trajo Maiko el primer fin de semana cuando vino a mi departamento de separado y se lo olvidó. Y acá quedó. Saqué acordes, ritmos, rasgueos. Después me animé a puntear. Me salvó del bajón. Esa guitarrita mínima me apuntaló el alma en todo este año que llevo viviendo solo. Lo que sabía de guitarra me permitió aprender rápido. Es un instrumento simple y puede ser complejo también. La guitarra siempre me quedó grande, me sonaban sucios los acordes, demasiadas cuerdas para tener en cuenta, demasiadas notas en ese puente. Para un autodidacta, para el que toca de oído como yo, el ukelele es ideal. Entendí que prefería tocar bien el ukelele que seguir tocando mal la guitarra, y eso fue como una nueva filosofía personal. Si no podés con la vida, probá con la vidita.

Yo te quise más. Tom Spanbauer

Hace algunos días que quería escribir sobre esta novela, pero había algo que me impedía hacerlo. De algún modo estaba bloqueado. Encogido. Castrado. Aún lo estoy. Supongo que no es más que el deseo de no desprenderme del poso que me dejó cerrarla tras leer la última página.

Gayarre Roncal.jpg

Spanbauer como escritor me parece brutal, sus textos son algo tramposos pero a la vez hipnotizantes. Todo tiene una patina autobiográfica que junto a su especial utilización de las estructuras sintácticas y el ritmo, hace de la lectura de sus obras algo compulsivo. Vale, puede que no sea un escritor apto para todo tipo de lectores pero está claro que su estilo (patatas rojas en una palada de tierra) indiferente no deja. A mi este cabrón siempre tiene la capacidad de crearme nostalgia de cosas que no he vivido. Porque anda que no me gustaría haber cultivado una amistad como la que se cuenta en estas páginas. Amistad más allá del amor. Cuando el amor no es posible. O cuando esa es la única forma de amar que merece la pena. Esas miradas a los ojos, lo silencios, las preguntas que duelen, lecturas compartidas y frases cómplices. Tengo que irme tío.

No puedo decir que me haya gustado más que Ahora es el momento, porque fue la obra con la que descubrí al autor y su estilo peligroso, pero me encantaría detener el tiempo, retrasarlo y comenzar a leerla de nuevo, como si fuera primera vez.

Cogí el cuchillo, me lo llevé al pecho, lo clavé con fuerza, corté abajo y en círculo, me arranqué el corazón y lo deposité todavía caliente, en la página. Pero no sangraba bastante. Las palabras sonaban tontas. Mi voz no se proyectaba en el anfiteatro fluorescente, era demasiado aguda, se rompía como la de un adolescente al que acabaran de descenderle los testículos. Joder. No tenía escapatoria. Sonaba como sonaba siempre: un chico católico pidiendo disculpas. Luego, una pausa larga. El largo silencio posterior donde solo se oía mi respiración. Una gota de sudor me resbaló por la parte interna del brazo. Todo brilla, se caliente y se llena.

De entretiempo

Yo al contrario que mi amiga Elena, adoro las sorpresas. Bueno, menos cuando van dirigidas exclusivamente a mí, que me cohíben un poco. Pero no es el caso. Y es que hoy en día abrir un blog, ya se puede considerar sorpresa. A la vejez, bloguera. ¡Viva!. Rqlcas ha abierto una pequeña ventana frente al abismo, en la que anda decidida a dejar entrever capítulos deshilachados de una novela y pensamientos al vuelo que le vengan. No dejéis de seguirle la pista, pinchad aquí.

rach

ZaZa, emperador de Ibiza. Ray Loriga

No la leí cuando salió… por pereza. Las últimas entregas de Ray Loriga habían pasado sin pena ni gloria por mis manos. Manos que se resistían a darle carpetazo a esa conexión que muchos sentimos una vez con el autor de Héroes, Días extraños, Tokyo ya no nos quiere y Trífero. Estaba ojeando las novedades en bolsillo cuando lo vi, el resto os lo podeis imaginar, un clásico. Acaricias el lomo, lo piensas, lo sacas de la estantería y te acercas a pagar. Creo no haber robado nunca en una librería. Lo que no esperaban cuando llevaba esta novela en la bolsa de viaje era que me iba a divertir tanto. Porque aquí hay un Ray Loriga divertido, ágil, juguetón y que en algunas partes de la novela campa a sus anchas en un surrealismo cañí muy de agradecer.

Un texto que comienza con un “Sí que sucedió. Y no nunca.” disyuntiva esclarecedora y muy alineada con la tradición del autor, que desde ese momento desata una espiral dónde irá apareciendo un poco de todo: drogas viejas, drogas nuevas, algo de existencialismo hedonista, trayectoria vital del protagonista Jaca, Madrid, Ibiza, costumbrismo contemporáneo balear, fiestas, asesinatos, estudios científicos, algún que otro mono… un cocktail que nos devuelve a un autor que sigue en la pelea por su puesto de referencia generacional, a pesar de sus patinazos y de su poco interés en presentar batalla.

También la cocaína era más cara hace un década, y por aquel entonces –que es a todas luces un entonces ya muy lejano- los cocineros sólo eran famosos en Francia (es de suponer que a falta de otros famosos). Frente a ese mundo distinto que es el pasado reciente, sorprende ahora recordar que un grupo, un dúo en realidad, llamado Everything but the Girl tenían un disco en el mercado que incluía una preciosa canción “Missing (Like the Deserts Miss the Rain)”, que parecía el principo de algo, pero que sin duda era el final.

Claus y Lucas. Agota Kristof

Ha sido nuestro libro del año. Ha funcionado el boca a oreja y poco a poco hemos ido extendiendo la mancha de su lectura. Se ha convertido en una especie de lectura oficial durante este verano del incendio. Un libro que repasa la desasosegante vida de unos gemelos, Claus y Lucas, desde su infancia con una indefinida guerra como telón de fondo, hasta el final de sus días. Una fábula sórdida que te impide dejar el libro en la mesilla y conciliar el sueño. Una historia tan falsa, que parece real.

El primer libro es deslumbrante, despiadado, ágil, hermético, una chuchería amarga que dan ganas de leer y releer sin descanso. Redactado de una manera falsamente naif, aséptica, que según cuentan los propios protagonistas intentar no reflejar sentimientos, sólo hechos concretos, tangibles, en ocasiones tiernos y otras espeluznantes. En el segundo empiezas a dudar de todo y a conectar comentarios, tramas y personajes. Víctor, Peter, Yasmine, Mathias, Clara. El juego ha comenzado y no eres tú el jugador, si no con quien están jugando. El tercero te helará el corazón (like Machado).

Hurgando en internet he encontrado que en Hungría, el país natal de la escritora, se hizo una versión cinematográfica de El gran cuaderno (nombre del primer libro). No sé que tal estará, yo veo difícil pasar a imágenes un texto tan escueto que deja en manos del lector complementar gran parte de la información ausente, así que supongo que pasará como en otras ocasiones en las que la película no coincide con la “película” que cada uno nos montamos dentro de nuestras “cabecicas”. Pero bueno aquí os dejo el tráiler.

Y poco más que añadir. Bueno sí, que aunque en principio estos tres libros se publicaron en años distintos y no suponen una trilogía real, esta muy bien esto de publicarlos juntos (aunque sea a costa de perder sus títulos originales). Y lo digo no sólo por el precio, que ya sería un buen motivo, sino porque las sucesivas negaciones de lo que has leído, genera un juego de espejos (de esos distorsionados propios del pasaje del terror) tan interesante como la propia historia. Con ello el texto gana, se enreda, se estira y se abre a posibilidades infinitas y aterradoras.

La abuela es la madre de nuestra madre. Antes de venir a vivir a su casa no sabíamos que nuestra madre todavía tenía madre.
Nosotros la llamamos abuela.
La gente la llama la bruja.
Ella nos llama “hijos de perra”.