Transmongolian express

Estos días he vuelto a oír sobre el Transmongoliano, un proyecto de viaje que hace unos años estuvimos barajando un grupete de amigos y que finalmente cayó en nuestro particular limbo de las buenas ideas huérfanas de liderazgo.

Este vídeo grabado por una pareja de españoles mientras realizaban el trayecto esta recibiendo miles de visitas en internet. Y no me extraña porque a muchos con solo oír este nombre ya se nos dispara la imaginación en mil direcciones, pensamos en exóticos paisajes y en aventuras inesperadas. Más de 7.500 kilómetros separan Moscú de Pekín y entre medio numerosas ciudades de extraños nombres y pintorescas fachadas. El vídeo es una delicia, grabado desde la ventanilla del tren y con un montaje que a mí me ha recordado algo a esa otra gran colección de paisajes emocionales que es The straight story. Pues nada… a seguir soñando.

A veces lo veo todo claro

Yo descubrí esa línea en tu espalda
Las manos dentro del agua

Mi estupidez es ilimitada. Siempre lo intuí, no puedo decir que me sorprenda. No hay Micro que valga. Ceno viendo El Apartamento y me oigo pronunciar en voz en alta la promesa de probar el Daikiri helado, antes de ingresar en el monasterio. Esta tarde cuando el sol ya se ponía he descubierto una fila sinuosa de hormigas por mi cocina. Las miro con envidia marchar en su ordenada existencia. Hasta que en un brote colérico decidido barrerlas. Salgo a buscar la escoba justo en el momento que se desata la tormenta. Acato el rugido protector y decido seguir con con la Ley 12/2001 del 2 de julio, de la infancia y la adolescencia en Aragón. One of the best musical comedies of our times. No lo dice la ley, si no François de la Rochefoucauld (s. XVII) pero; es más vergonzoso desconfiar de los amigos que ser engañado por ellos. Hablo con ella y siento una profunda afinidad generacional. Generación desnortada. Facebook ya está en Wall Street y yo sigo sin tener un perfil. Ni un frontal. Por no tener no tengo ni siquiera una opinión formada sobre los snacks japoneses, o chinos que ahora todo es chino… hasta lo japonés. A single man. El Twitter y el Apalabrados son mis mayores vínculos con la sociedad estos días, en los que paradójicamente Grecia puede cambiar la pregunta. En el Babelia del sábado pasado leo que: cambiar de respuesta es evolución, cambiar de pregunta es revolución. Por la ventana se cuela la música de las atracciones infantiles. Son las fiestas del barrio. Intento terminar de leer las reflexiones de Gil Calvo sobre el pesimismo que desata la crisis, pero el pesimismo me puede. Vete a la ducha. Ponte a silbar.

Silencio, se rueda.

Semana frenética. Hace tiempo que no hacía tantos kilómetros. Tantas cosas. El plató del rodaje de ayer estaba en un polígono industrial. Uno de los lugares que más me aterran. No es mi habitat, me siento como un pingüino emperador en Atacama, un educador social en Alaska, un punki de postal en la ofrenda de flores a la virgen del Pilar, un…

Siempre tengo la sensación de que en estos sitios rigen una normas que desconozco. Me muevo de forma temerosa, aturdido, errático. Naves con rótulos que no me dicen nada, señales inventadas imposibles de descifrar, nombres de calles con extrañas combinaciones de números y letras, cafeterías con humo, menú del día a 6,95, descampados donde el viento y las sombras se ecuentran para la cópula furtiva y furgonetas a todas las caras. Dentro del plató las cosas vuelven a la normalidad, los técnicos visten de negro, el ritmo es desesperadamente lento y la módelo lleva falda de globo.

¡Que viene agosto!


Tengo ganas de hacerlo bien, de ir poco a poco, de remendarme bien todos los agujeros. Estos días ando encogido. Pequeño. Mudo. Intento arcordarme de cómo era yo antes. Cuando no quería a nadie. Bueno cuando no había nadie. Supongo que el amor si estaba, como un cepillo de dientes que guardas en el armario del baño. Un cepillo sin usar. En cuanto me descuido, tristura. Veo llorar a los atletas en el podio y me acuerdo de los muñequitos quitapenas que hemos hecho estos días de campamento. Busco entre la ropa sucia el papelito que les dimos a los chavales y lo repito como un mantra. No sé si servirá de mucho. Pero al menos me desata el nudo de la garganta…

Los muñecos quitapenas quitan las penas que tengo, se las cuento muy bajito y me las curan en silencio, y debajo de mi almohada duermen siempre mis muñecos, y si tengo una pena yo sin ella me despierto.