El hundimiento. Manuel Vilas

Las incursiones del Gran Vilas en la novela, me habían dejado frío. Recuerdo que Hembra B me envió una fotos de Aire nuestro en una charity londinense a una libra, y me pareció caro. Este desapego por el autor de El cielo ha hecho que haya tardado mucho tiempo en animarme a leer algo suyo. Pero todo vuelve. Y vuelve el autor a Visor (Calor, Resurrección, Amor), así que lo cojo de la estantería de Rqlcas y lo meto en la mochila. Ya en el hospital cuando lo saco, antes de abrirlo, me acuerdo de otro libro de esta misma editorial Sobre todo nada, de Miguel Albero, sonrío lo abro y me reencuentro con uno de mis Vilas favorito.

El poemario discurre entre la derrota, encuentros en gasolineras, el amor, bueno el final del mismo, la muerte, algo de rock’n’roll, algo de muerte en el rock’n’roll, el agotamiento, ciudades, hoteles, matar al padre, alcohol, la perdida, nadadores nocturnos, España y sexo nada excitante. Temas que abraza Vilas con ese aire autobiográfico, que lo ata a nuestras vidas, a pesar de toda la ficción que le echa. Ese poema encabezado con el número de teléfono fijo de su madre, ese número que ya no aparecerá en la pantalla de su móvil, me toca algo las vísceras. Un nueve siete cuatro. No me parece un libro redondo. Tal vez habría que haberlo limpiado un poco. Le sobran líneas y no le faltaría de nada. En el poema que da título al libro, nos habla de un autor que no revisa las pruebas de edición y que en lugar de mejorar las galeradas, celebraba sus libros nuevos antes de haberlos escrito. Y razones tenía para celebrar este, que se hizo con el premio Poesía Generación del 27. Llego a casa, me ducho, le pongo comida al pez y busco Kimberly en el Youtube, subo el volumen y bailo sólo en mi habitación, de aquí a un rato, me terminaré el libro. De aquí a un rato me daré cuenta de que no tengo ningún pez.

Me importa el amor,

eso sí me importa;

el amor eternamente

no correspondido,

eso fue para mí la poesía.

Crema de dientes con bicarbonato

Mingalaba. Tengo mucho que hacer estos días. Pero no hago nada. Nada de lo que debería hacer. Pero muchas otras cosas. Salgo, leo, veo películas, me moja la lluvia y juego al bádminton. Ayer en un bar donde celebramos la Pax Romana (posteriormente denominada Pax Augusta) y se vendían tomates al peso, hicimos una apología de la digestives (yo confesé mi filia por mojarlas en un earl grey a media tarde). Después bailamos algo de funk y bebimos tequila y bloody mary’s. Al despertarme termino de devorar La misma ciudad. Y no puedo dejar de pensar en cosas que no quiero. Me paso algo parecido después de ver Weekend. Luego está lo del ébola. Este país a veces me mata. Y Excalibur que ya no es espada, ni ladra. Tengo los poemas sin hacer y la sospecha de que no por mucho huir, se llega a ningún sitio. La ciudad (Constantin Cavafis).

Dices: “Iré a otras tierras, a otros mares.
Buscaré una ciudad mejor que ésta
en la que mis afanes no se cumplieron nunca,
frío sepulcro de mi sentimiento.
¿Hasta cuándo errará mi alma en este laberinto?
Mire hacia donde mire, sólo veo
la negra ruina de mi vida,
tiempo ya consumido que aquí desperdicié”

No existen para ti otras tierras, otros mares.
Esta ciudad irá donde tú vayas.
Recorrerás las mismas calles siempre. En el mismo
arrabal te harás viejo. Irás encaneciendo
en idéntica casa.
Nunca abandonarás esta ciudad. Ya para ti no hay otra,
ni barcos ni caminos que te libren de ella.
Porque no sólo aquí perdiste tú la vida:
en todo el mundo la desbarataste.