Domingos laborables

Es rara la fauna que te encuentras por la calle el domingo bien de mañanas. El día esta fresco y en la escenografía habitual ya hay parte de los personajes secundarios dando el callo. Esta la señora alta (que conozco de su trabajo en Jaca) sentada en el banco frente al Oscashop, me da por imaginar que piensa con nostalgia en la vida a la que tuvo que renunciar por cuidar de una (supuesta) madre manipuladora y autoritaria. No podía faltar el señor bien vestido y de cara colorada, con el que me cruzo al menos una vez cada día. Veo sobresalir de su manta los pies del señor que duerme en el cajero de la esquina. Paso frente a un bajo y siento un deseo imperioso de darle los buenos días a la señora que mira tras la ventana apartando el visillo con su mano huesuda y cansada. Me meto en un bar (por eso del café) y veo las fotos de la final femenina de Roland Garros. Ha ganado una china. No puedo evitar recordar esa final del 2000 que vi en la Bodeguita comiendo una ración de pulpo a la gallega. Eran otros tiempos. ¡Otra década!. También curraba algún domingo y tenía diferentes compañeros de reparto en mi vida. Pago y me voy. Antes de entrar al trabajo, paso por la acamapada de los indignados y compruebo que todo esta en calma, subo las escaleras hasta la oficina del Festival de esta ciudad (en la que nunca pasa nada), todo sigue en su (des)orden, me siento y preto el botón del ordenador.

Alimentad a los gorriones

Hace un año puse un viejo cenicero de cerámica que traje de la casa de Jaca con migas de pan seco sobre el alfeizar de la terraza, lo puse con la esperanza de que fuese un lugar habitual para el aprovisionamiento de los gorriones. El otro día cuando me disponía a salir de casa vi un pajarillo picoteando las migas. No llevaba las gafas y no pude distinguir la especie, pero ni era gorrión, ni era paloma. Era la primera vez que veía uno comiendo las migas eternas que ofrezco en mi parroquia.

Tengo un parque cerca, pero la terraza queda lo suficientemente escondida para que no sea lugar habitual de paso para las aves. Tal vez fue el frío de esos días el que lo atrajo, el azar caprichoso o la exuberancia ordenada de mi famélico jardín… Hoy al levantar la vista del libro del XIX me he encontrado otro pajarete comiendo, era un colirrojo tizón, otro de mis favoritos. No era un gorrión, pero no me importa, ¿entonces lo del título? ¿a qué viene tanto interés en alimentar a los gorriones? Básicamente porque siempre me han caido simpáticos estás aves pequeñas, rechonchas y tan corrientes que nadie parecé reparar en ellas. Y también porque está bajando rápidamente su población en nuestro país (bueno menos en Navarra que ya sabemos que van por libre para casi todo). Las palomas y la limpieza de las calles están acabando con los gorriones comunes según SEO/BirdLife. Las nuevas prácticas agrícolas y el elevado uso de plaguicidas y herbicidas les acosan también en los campos. Aunque claro hembra β dice que todo esto es un fake, pero he buscado un poco de información y resulta que en el London, que la acoge, la especie está a punto de declararse en peligro de extinción (desde 1970 ha perdido alrededor del 70% de su población).

Venga va que nos os cuesta nada poner cuatro migas de pan seco en la ventana, prefieran las de bizcocho y magdalenas, conozco incluso quien se las unta en leche, también podéis poner algo de grano y frutos secos (mejor partidos en trocitos), sin sal ni cosas raras. Salva un gorrión, vive feliz en sus alas.

Dos de Jimmy Liao

No sabía yo nada de este señor, pero en poco tiempo dos libros, uno regalado por Julinchia y otro por Patricia (una vez más…¡gracias!), se han apoderado de la mesa del comedor de mi casa. Ambos editados por Barbara Fiore editora, que ya empiezo a pensar que es un poco el Pixar de nuestras librerías, Buceo en internet y descubro que este ilustrador nació en Taipei y que después de haber trabajado en cosas de publicidad y marketing, una grave enfermedad le hizo replantearse su vida. Descubro también que alguna de sus obras se ha adaptado al cine… pero no os descubró más, que tampoco es bueno saber todo así de golpe.

Dos libros más que recomendados para todos los públicos, para todos los públicos curiosos. Imprescindible para soñadores con ganas de descubrirse soñados.

Esconderse en un rincón del mundo, va sobre la huida. Pero no la que vaticina la derrota, sino la de la evasión placentera, la del lugar en el que refugiarse cuando la vida se te hace grande, la de babia, la de…  y también habla de la necesidad. En estos tiempos en los que hay que estar conectado permanentemente al facebook, no apartarte del móvil ni para ir al baño, incluso retransmitir tu vida por twiter… aquí se habla de la busqueda de refugios, islas perdidas en oceanos cotidianos, donde encontrarse con uno mismo. Que placer descubrir a cada uno con su mundo interior regido por la lógica irracional de la fantasía. Una canción, un recuerdo, un susurro, desencadenan este derroche de imágenes oníricas, de una composición casi cinematográfica, hechas realidad a base de  mina de lapiz de colores. Un placer para tener a mano y volver a visitar de vez en cuando.

El sonido de los colores es una invitación a un viaje en metro. Un viaje maravilloso que nos descubre el colorista mundo interior de la protagonista, una niña ciega, que a través de una sucesión de pequeñas líneas de prosa poetíca, nos introduce en este su fantástico mundo donde realidad y ficción se dan una mano que tal vez no debieron de soltar nunca. Pero entre líneas hay mucho, más, porque aquí también se habla del esfuerzo, de la superación, de la valentía, de la fragilidad… Al cerrarlo me queda más clara la respuesta que en una de esas semanas de esquí con los chavales de la ONCE me dieron a la tonta pregunta de cómo ven los ciegos. Todo esto con el sello personal del autor, grandes borbotones de imaginación en el dibujo, texto lírico  y una naturalidad aplastante.

La tristeza de ayer ya está olvidada. Todo lo que puede olvidarse, carece de importancia. ¿Llego la estación de final de trayecto? ¿O es otro principio?.