El chico del puente

En mi camino al trabajo cruzo un puente metálico sobre un riachuelo que discurre oculto, muy abajo, entre abundante vegetación. Suena exótico al verlo escrito pero en realidad no lo es. Desde hace unas semanas me cruzo en ese puente todos los días con un chico alto, delgado, cimbreante, tiene cierto aire de Dylan y suele llevar camisetas con el rostro de grandes estrellas del rock. Camina despistado con los auriculares puestos y escasamente se le avista la mirada tras sus gafas redondas. Verle me tranquiliza, me da cierta sensación de pertenencia. De estúpida comunidad. Algunos día me lo he juntado casi en la puerta de mi trabajo, sonrío porque descubro que he madrugado. Madrugar me pone feliz, quién lo hubiera dicho. Él sigue su camino como si no me viese. Pero me giro y veo que aprieta el paso, sabe que llega tarde.

John Smith. Bombo y Platillo

He tenido un fin de semana anormalmente normal, algo que no le pegaba mucho a estos últimos días en los que he lucido vistosos estampados de angustia profesional, personal y futura. He hecho un poco de todo, comprar el periódico el sábado y desayunar debajo de casa. Hacer de enfermero casual. Asistir a una carrera popular para apoyar a un amigo que está entrenando para traspasar metas mejores. Y en estó que llego al domingo por la tarde frente a una copa de cerveza acariciando el boli y la libreta que llevo en el bolsillo mientrás esperamos que abran puertas para la sesión de Bombo y Platillo. El primer grupo no nos dice nada, así que nos dedicamos a arreglar el mundo (y los alojamientos para Pirineos Sur), cuando ya estoy empezando a pensar que más me valdría estar leyendo en mi casa, se sube este gigante inglés al escenario y de repente todo se ilumina.

John Smith Zgz

Lo bien que canta el tio. Bueno y lo bien que toca la guitarra. Y lo alto que es. Un haz de luz y la sala se llena. La gente escucha en silencio cada punteo, los giros de voz, rie, reímos los comentarios, esperamos nuevos matices cada vez que suenan los primeros acordes de una canción. Así hasta los bises, cuando se sienta para sorprender con un tema final, donde ya no sabes si está tocando el arpa, la guitarra o un sitar. Que grande Mr. John. Gracias. Después metió la guitarra en una funda amarilla que había estado a sus pies todo el concierto y se bajó del escenario. Los aplausos seguían llenando la sala, hasta que el público fue despertando del momento mágico en el que andábamos buceando, andar buceando… Nos volvimos a cruzar con él en la cafetería donde uno de nosotros dijo un entrecortado “congrats” y ofrecimos tres de nuestras mejores sonrisas. Seguramente nos hubiese gustado más cantarle eso de Tell me your dream pero no andamos muy finos en temas de entonación.

Me acerqué hasta la parada de autobús. Era tarde, el bus vino pronto, me senté frente a un chica de esas con caderas inmensas que miraba distraida por la ventanilla. Saqué la libreta y le quite el tapón al bolígrafo. Garabateé John Smith con letras grandes en una página en blanco. Alce la vista y me di cuenta que todo tenía un aire de normalidad apuballante. Al poco rato llegué a casa.

No, este viaje no va a tener crónica

En la selección musical del avión no pude evitar mi expresión de sorpresa al encontrar una canción de Tulsa e incluso tararee el estribillo de Me he perdido cuando sonaba para todos los pasajeros miéntras el avión circulaba por la pista en busca de la puerta para el desembarque. Ni siquiera pensé que fuera premonitorio de nada. Al día siguiente mientras desayunaba en Panamá sonaron The Flaming Lips y fue la confirmación de que mucho ha cambiado el mundo, desde la última vez que crucé el charco.

panama-city

Al día siguiente vino lo de tener que estar esperando una hora el taxi que me devolvía al aeropuerto. Lo de tener que compartirlo con otra chica que recogimos en un hotel inmenos y que al pregutarme de donde era, casi le diese un ataque. Un ataque de no sé que, pero venía con gritos. Resulta que ella había hecho su maestría en Zaragoza. Bautizó a su hija en el Pilar y vuelve casi todos los años. Por supuesto al abrir el maletero me enseñó la cinta con la medida de la virgen que llevaba atada a su maleta. Nos despedimos tras el control de equipajes, con dos sonoros besos, un abrazo de los que se dan con fuerza y la seguridad de que un día de estos nos saludaremos en mitad de la calle Alfonso.

Todo esto y aún a unos 1500 kilometros de mi destino final. Y no, no la espereis porque este viaje… no va a tener crónica.

Volver a Zaragoza

Es volver a los veintipico. A comerse el mundo. No tener miedo a nada. Bueno a algunas cosas. Pero pocas. El esquí en Panticosa. Rodajes de fin de semana. Oficina y alquileres. Proyectos personales super importantes. Autopistas de un solo carril, destino a nada. El travelling, la grúa. Volver a unos compañeros que ya no son. Mis primeras experiencias con la muerte más allá de la familia. Madrugones, aventuras de carretera y lugares cercanos pero remotos. Besos eternos en un portal con muchas escaleras y otros furtivos robados en el baño de un antro sin cartel en la puerta. Volver a Zaragoza es volver a un tiempo intenso, pero sin Internet, casi sin móvil, un tiempo algo más libre. Orgánico, orgásmico y frustrante a la vez. Vuelvo a Zaragoza, vamos a ver.