Transporte público

La forma más sencilla, rápida y a lo mejor hasta más ecológica que tengo para ir al trabajo es coger el tranvía. Antes lo hacía. Ahora no. Me harté de comenzar de mala leche la jornada. Tranvía Zaragoza maltrata a sus viajeros. Si normalmente en los trayectos centrales de la línea lo vagones van llenos, en el horario que yo lo cogía va a rebosar. Se utiliza de transporte escolar (y sin monitor/a acompañante) y de transporte sanitario. Gente agarrada a la barra frente a la entrada, que no deja ni siquiera pasar la tarjeta para pagar el viaje, ¿tanto cuesta poner dos vagones más? ¿y poner las maquinitas en los laterales en lugar frente a las puertas? mochilas, falta de modales en las subidas y bajadas al vagón… sorry, ¡que os den!.
Ahora voy al curro en bus. Tengo que andar más hasta la parada. Da más vuelta. Voy mejor. Me siento y abro el libro. A veces observo a la gente de alrededor y pienso en cosas. Otras cosas. Ostras. Hoy había una chica de guantes sin dedos que se ha subido en la misma parada que yo. Salía del hotel. Se ha sentado en las primeras filas, se ha cubierto la cara con las manos y se ha puesto a llorar. Yo desde el fondo del bus he mirado por la ventanilla hasta ver uno de esos relojes que dan la temperatura ambiental. Cero grados. No para todos, he pensado en voz alta yo.

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Oscar Sanmartin Vargas. Palacio Montemuzo. Zaragoza

Fui dos veces a la restrospectiva de Oscar Sanmartin Vargas en ese palacio vecino de Olga y he disfrutado como un enano. Un suelo horrible el de la sala de exposiciones por cierto. A ver que me centro, Las obras expuestas son mágnificas, Oscar es un virtuoso, un artesano del que no voy a poder añadir nada nuevo a lo que de él se ha escrito ya. A sus pies. Luego está que para ser una retrospectiva es algo escasa y con poca producción reciente, pero… yo la he sentido muy mía. Y no es sólo porque tenga una de sus obras en el recibidor de casa, sino porque sus creaciones forman parte de muchas etapas de mi vida. La segunda vez fui con Sandra y estuvimos un buen rato delante del diorama que fabricó para la portada de El escarabajo más grande de Europa, un disco de ENG al que dimos vueltas y vueltas en nuestra juventud. Ha pasado tanto tiempo que a veces pienso que ya no queda nada. Será verdad que me queda un minuto para ser solos labios ya. ¿Será?.

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Lo que fue es que esa misma tarde cambié de Sandra y fui a la inauguración de la academia de Flam&Co, mientras ella agradecía micro en mano a las numerosas personas que le han echado un cable en esta aventura y las que han ido guiando su vida, una emoción contenida (porque uno es muy contenido), me iba subiendo por la garganta. No hemos llegado mal a estas edades pensaba, aún hemos tenido cintura para ir avanzando sin perder la sonrisa. El agape como es tradición en esa familia fue espectacular y la compañía estupending, cante, baile, flamencos rosas y virgenes de Guadalupe… ¡enhorabuena maja! te mereces todo lo bueno que te pase. Después ya en el autobus miraba sin ver a través del cristal el paisaje de esta ciudad desenfocada. Así va uno deslinzándose por el tobogan de la vida.

Dorian Wood. Bombo y Platillo

Estaba yo ayer sentadico en una última fila del CC Delicias viendo a este caballero y cuando se arrancó con el Vámonos de José Alfredo Jiménez, no pude evitar acordarme de los Puisac-Navarro que andan estos días por México celebrando el amor y gozando del día de muertos en familia.

Yo algún día también espero volver por allí, mientras tanto me tengo que conformar con rancheras, corridos y actuaciones de artistas, que aunque no sean mexicanos, a mi me lo parecen.

El chico del puente

En mi camino al trabajo cruzo un puente metálico sobre un riachuelo que discurre oculto, muy abajo, entre abundante vegetación. Suena exótico al verlo escrito pero en realidad no lo es. Desde hace unas semanas me cruzo en ese puente todos los días con un chico alto, delgado, cimbreante, tiene cierto aire de Dylan y suele llevar camisetas con el rostro de grandes estrellas del rock. Camina despistado con los auriculares puestos y escasamente se le avista la mirada tras sus gafas redondas. Verle me tranquiliza, me da cierta sensación de pertenencia. De estúpida comunidad. Algunos día me lo he juntado casi en la puerta de mi trabajo, sonrío porque descubro que he madrugado. Madrugar me pone feliz, quién lo hubiera dicho. Él sigue su camino como si no me viese. Pero me giro y veo que aprieta el paso, sabe que llega tarde.

John Smith. Bombo y Platillo

He tenido un fin de semana anormalmente normal, algo que no le pegaba mucho a estos últimos días en los que he lucido vistosos estampados de angustia profesional, personal y futura. He hecho un poco de todo, comprar el periódico el sábado y desayunar debajo de casa. Hacer de enfermero casual. Asistir a una carrera popular para apoyar a un amigo que está entrenando para traspasar metas mejores. Y en estó que llego al domingo por la tarde frente a una copa de cerveza acariciando el boli y la libreta que llevo en el bolsillo mientrás esperamos que abran puertas para la sesión de Bombo y Platillo. El primer grupo no nos dice nada, así que nos dedicamos a arreglar el mundo (y los alojamientos para Pirineos Sur), cuando ya estoy empezando a pensar que más me valdría estar leyendo en mi casa, se sube este gigante inglés al escenario y de repente todo se ilumina.

John Smith Zgz

Lo bien que canta el tio. Bueno y lo bien que toca la guitarra. Y lo alto que es. Un haz de luz y la sala se llena. La gente escucha en silencio cada punteo, los giros de voz, rie, reímos los comentarios, esperamos nuevos matices cada vez que suenan los primeros acordes de una canción. Así hasta los bises, cuando se sienta para sorprender con un tema final, donde ya no sabes si está tocando el arpa, la guitarra o un sitar. Que grande Mr. John. Gracias. Después metió la guitarra en una funda amarilla que había estado a sus pies todo el concierto y se bajó del escenario. Los aplausos seguían llenando la sala, hasta que el público fue despertando del momento mágico en el que andábamos buceando, andar buceando… Nos volvimos a cruzar con él en la cafetería donde uno de nosotros dijo un entrecortado “congrats” y ofrecimos tres de nuestras mejores sonrisas. Seguramente nos hubiese gustado más cantarle eso de Tell me your dream pero no andamos muy finos en temas de entonación.

Me acerqué hasta la parada de autobús. Era tarde, el bus vino pronto, me senté frente a un chica de esas con caderas inmensas que miraba distraida por la ventanilla. Saqué la libreta y le quite el tapón al bolígrafo. Garabateé John Smith con letras grandes en una página en blanco. Alce la vista y me di cuenta que todo tenía un aire de normalidad apuballante. Al poco rato llegué a casa.