de luz

La bici, el paraguas, la raya del pantalón, calcetines y tacón, el momento justo antes de empezar a nevar.

Tomábamos café, o un vino blanco y una cerveza, que más da. Mi alergia a las terrazas de los bares me había concedido una tregua y bajo los soportales de aquella plaza sin jubilados, nos aburríamos con nuestra consabida pasión por el tema de la adopción monoparental y la de intentar buscar respuestas a probables preguntas  que sabíamos nadie nos haría.

Te giraste para decirle no sé muy bien qué a la camarera y entonces sucedió. Al principio no fue sino una sombra que avanzaba sigilosa por el ángulo muerto de mi retina, después tomo forma y no pude evitar emitir una exclamación ahogada cuando por una fracción de segundo le encontré la mirada. Un señor, todo un perfecto desconocido, avanzaba con la prisa de quien sabe que nunca llega tarde, sosteniendo en su mano derecha un paraguas abierto sobre su cabeza. Nadie pareció prestarle atención, a pesar de lo despejado del día, a pesar estar bajo los porches de un edificio de cuatro pisos que protegían nuestras cabezas. Una leve ráfaga de viento y el peso de tu mano sobre mi  pierna me hizo regresar a la mesa, te conté lo que había visto y puse la mejor cara de asombro que me quedaba. No ahorre en aspavientos, en ojos desorbitados y palabras desmedidas. Tu me mirabas con la misma ternura que se mira a una perra amamantar a sus crías recien nacidas poco antes de meterlas en el saco. Tenías el torso ligeramente adelantado hacía mi y asentías constantemente con la cabeza, abriste la boca pero fue solo para preguntar la hora. No llevo. Pues deberías.

Me mordí el labio inferior, hice rodar la base de la copa, me apetecía decirte que no era la primera vez que la realidad se empeñaba en ponerme zancalletas. Que el invierno reciente había frenado en seco para dejar pasar a una señora de gesto altivo, que cruzaba delante de mí coche, con su bicicleta desvencijada y un abrigo de pieles de un grosor propio de la osa hispano-francesa Canelle antes de enfrentarse al duro ayuno invernal. Quise contártelo, pero no lo hice. No hubiese servido de nada, me oirías pero no estabas dispuesto a hablar de otras cosas que no fuesen más acá de la razón, a estas alturas no sé de que me extraña, no todo el mundo esta dispuesto a que le hagan guiños fuera de las novelas.

Cambiaste de tema, el periódico forzó la tregua, mientras parecía escucharte dibuje una sonrisa tonta, una que te sirviese como refugio transitorio hasta que fuese capaz encontrar las palabras. Tu tan solo murmullo. Yo me reafirmaba por mis adentros en que más allá de las apariencias, las calles tienen más de dos aceras. Mi mente estaba inusualmente despejada. Se acabó.

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2 comentarios sobre “de luz

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