ZaZa, emperador de Ibiza. Ray Loriga

No la leí cuando salió… por pereza. Las últimas entregas de Ray Loriga habían pasado sin pena ni gloria por mis manos. Manos que se resistían a darle carpetazo a esa conexión que muchos sentimos una vez con el autor de Héroes, Días extraños, Tokyo ya no nos quiere y Trífero. Estaba ojeando las novedades en bolsillo cuando lo vi, el resto os lo podeis imaginar, un clásico. Acaricias el lomo, lo piensas, lo sacas de la estantería y te acercas a pagar. Creo no haber robado nunca en una librería. Lo que no esperaban cuando llevaba esta novela en la bolsa de viaje era que me iba a divertir tanto. Porque aquí hay un Ray Loriga divertido, ágil, juguetón y que en algunas partes de la novela campa a sus anchas en un surrealismo cañí muy de agradecer.

Un texto que comienza con un “Sí que sucedió. Y no nunca.” disyuntiva esclarecedora y muy alineada con la tradición del autor, que desde ese momento desata una espiral dónde irá apareciendo un poco de todo: drogas viejas, drogas nuevas, algo de existencialismo hedonista, trayectoria vital del protagonista Jaca, Madrid, Ibiza, costumbrismo contemporáneo balear, fiestas, asesinatos, estudios científicos, algún que otro mono… un cocktail que nos devuelve a un autor que sigue en la pelea por su puesto de referencia generacional, a pesar de sus patinazos y de su poco interés en presentar batalla.

También la cocaína era más cara hace un década, y por aquel entonces –que es a todas luces un entonces ya muy lejano- los cocineros sólo eran famosos en Francia (es de suponer que a falta de otros famosos). Frente a ese mundo distinto que es el pasado reciente, sorprende ahora recordar que un grupo, un dúo en realidad, llamado Everything but the Girl tenían un disco en el mercado que incluía una preciosa canción “Missing (Like the Deserts Miss the Rain)”, que parecía el principo de algo, pero que sin duda era el final.

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Madrid, el traje, la derrota, Ajoblanco, pensar en la vuelta.

España perdió ayer y yo he dormido como un tronco. Madrid está lleno de gente. La gente está llena de Madrid. Julinchia me enseño su último artilugio de belleza. Juntos pateamos el barrio de Salamanca y nos reímos de la puericultura y del gallo kiriko. Lo bien que lo pasamos juntos. Alejandro me llevó a su Verbena y me introdujo en el kitsch castizo, vermú de grifo, croquetas, pinchos de tortilla y bocadillo de calamares. Estábamos cerca de la plaza Dos de mayo y todo eran tatuajes y gafas de concha. Muchos dirán modernidad de postal, pero ojo que también hay borbotones de ideas. Fuimos para la calle la Palma (la banda sonora evidentemente tenía que ser McEnroe), entre vinos hablamos de todo (Miguel incluido), aunque no de los cervidos. Ajoblanco fue una de las revistas que me marco el final de la adolescencia, que llegará a la biblioteca del pueblo junto a El Europeo y Rockdelux era un puerta abierta a otros mundos, que debían andar por ahí fuera. Así que la visita al Conde Duque era obligada. Después esta lo del desayuno en el Museo del Traje, la noche que pase sin dormir y mi vuelta, sobre el papel, al mundo del punk. Pero eso mejor no lo cuento.
 
 

One week in Alcobendas

Los días pasan lentos en Alcobendas. Nos vamos poco a poco empapando del ambiente de la 2014 FIBA Basketball World Cup, ¡ni se os ocurra llamar a esto mundial!. Why? cosas del marketing supongo. Aunque de momento nuestro trabajo es administrativo y nadamos entre listados con horarios de llegadas, interminables excells con los puestos a cubrir, correos de respuesta automática a las pataletas de los no seleccionados y recopilando información de las sedes para que los contratiempos que nos surjan sean abordables. No hace tanto calor como pensaba, pero que el hotel tenga aire acondicionado se agradece, ya veremos que pasa el jueves cuando llegan los jovenzanos y cambiamos a otra latitud madrileña.

Hoy no se curra, porque mañana es San Lorenzo. Lanaja estará en el balcón. Bien de mañana me he lanzado por los peligros, buscando un periódico que devorar, una Caja Rural (que no he encontrado), buscando las cosas que uno siempre piensa le pueden pasar cuando recorre sin rumbo las calles de un lugar nuevo. Así que buscando, buscando he acabado en un barbero dominicano hablando de baloncesto, navajas y alopecia. Y me he sentido un poco del barrio. Sí, ya lo sé siempre digo las mismas tonterías. Ahora me voy a Madrid, March, Matadero, fiestas de Lavapiés, muchas cosas.

Jay Jay Johanson. Teatro Lara. Madrid

No hubo magia. Queríamos que sí la hubiese, pero no. El lugar encantador. Agitación y modernidad madrileña en la fila de entrada. La invitación a una Estrella Galicia, nada más cruzar la puerta, un buen comienzo. Mr. Johanson estuvo correcto, tímido, nervioso, bebedor, sonriente. Cantó bien. Sobre todo en los temas que solo le acompañaba el piano. Pero algo había en las bases pre-grabadas que le acercaban más al multinstrumentista que contratan para las fiestas de Aratorés, que al crooner del trip hop del que muchas publicaciones hablan. Y fue una pena. De todas formas, montañas de gracias a Julinchia por su compañía y atenciones. Y a Jay Jay por un On the other side desnudo y conmovedor, que sí guardaremos en el recuerdo.

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Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído. J. Benito Fernández.

No soy muy avezado en la lectura de ensayos y biografías, pero este libro me llamó poderosamente la atención desde que lo vi reseñado no sé muy bien donde. Y no lo sé porque ha pasado varios años paciente en la estantería hasta que me he decidido a devorarlo. Bien escrito con numerosas referencias a la situación social, política y cultural del país que sirven para ubicar temporalmente los acontecimientos de la vida de Eduardo Haro Ibars, poeta, articulista, personaje y oveja negra de familia bien. Por poner un pero diré que la profusión de nombres y la intermitente aparición de algunos de ellos, ha hecho en ocasiones me pierda, aunque eso también me pasa por mi leer despistado. Se agradecen las fotos centrales, algunas más tampoco hubiesen estado mal.

Así pues a pesar de ser una biografía, se puede leer como una crónica de una generación, de momento vital de la reciente historia española. Años donde todo estaba por hacer y había pocos guiones escritos. Sabía de Eduardo y de algunos de sus compañeros de generación por mis adolescentes lecturas de El Europeo, El canto de la tripulación y Ajoblanco. Una feliz anomalía en la biblioteca de mi pueblo, a la que toda la vida tendré que estar agradecido. Aunque eso da para un post completo, que algún día caerá.

Siempre me ha atraído el extremismo de quien vive su vida con la intensidad que lo hace Eduardo, a mi que soy asquerosamente moderado en todas las facetas de mi vida, me ciegan los brillos de los cascotes de vidrio bajo el sol. Al repasar con el libro la década de los 80 siento una estúpida nostalgia de un tiempo que no he vivido. Y a pesar de no ser un acólito de “la movida” me hace pensar en un tiempo de libertad. Tiempo no exento de riesgos (como demuestran las numerosas muertes y trastornos psicológicos que salpican sus páginas), pero que da la sensación de estar lleno de posibilidades. Caminos a ninguna parte, pero que a buen seguro dejaban la posibilidad de recorrerlos gozando y en la mayor parte de sus ocasiones… sin propósito de encontrar nada al final de ellos.

Eduardo no se sentía un personaje maldito, sino maldecido. Es más, prefirió quedarse en raro o heterodoxo. Encarnó la figura del mal -de Drácula- contra la sociedad, contra la moral burguesa. Le fascinaba el mal, adoraba el escándalo, le seducía transgredir, quería distinguirse, individualizarse, en definitiva. Tenía una admiración sublime por el escritor y mago Aleister Crowley, de vida singular y comportamiento tremendista, personaje con el que se le pueden encontrar ciertas analogías.

“Mi unica experiencia has ido perder, perder, perder. Todo aquello que he intentando ha sido un fracaso, quizá porque lo hiciera mal o tal vez porque el mundo que me rodea no esté dispuesto a apreciarlo”.

Madrid, ida y vuelta con una semana de diferencia

Viajo a Madrid en el vagón de cola. Compartimento turístico está serigrafiado sobre el cristal de la puerta. El sitio lo ha elegido Ana y me gusta. Un poco lejos de la cafetería para mis hábitos ferroviarios. Pero me da igual. No he venido dispuesto a echar nada en falta. En la pantalla intentan devolver no sé que daga a un supuesta montaña mágica. Para variar un truño de película. En mis oídos Wilco saca punta a sus guitarras. Salimos de la Zaragoza con este panorama audiovisual y el sol enfoca los campos de trigo con el luminoso propósito de incendiarlos. Acaricio con mi mano derecha el lomo de Sukkwan Island y digo adiós a la capitalidad europea de la cultura. Buenos días resto de mi vida.
El tren de Madrid parece que no termina salir nunca. Los auriculares morados de Renfe puestos, he fet un salt, un salt estrany, que ens ha aixecat més de tres pams. He visto la casa que se ha comprado Julia y me he quedado tranquilo al comprobar que el Isidro Ferrer es el complemento ideal para esas paredes tan blancas y luminosas. Muy a gusto he estado en Guadarrama. ¡Vivan las reuniones de viejas glorias!. En la instalación ondeaban la bandera española, la brasileña y la del estado vaticano. Menuda tienen montada los padres agustinos. La central nuclear esta preparada para recibir la visita de su Papa. Hemos cerrado el encuentro entre profiteroles y sidra. El mercedes blanco roto nos devolvió a la estación de nuestras miserias. Tengo que leer algo de Sándor Márai, le preguntaré a Marta. Se me van cerrando los ojos mientras pienso en lo diferente que es el paisaje que rodea Madrid según el lado por el que le entras.